Un paquete

 Las paredes crujen más allá de mi percepción. Se que cuando no las miro, las cambia. Poco a poco. Las va reemplazando por algo distinto. Mis ventanas ya no están hechas de cristal. Mis muebles ya no son de madera. La luz que sale de las bombillas es distinta, más oscura. Parpadea muy levemente, como si no perteneciera a este lugar. Como si tratara de escaparse de la pared de vidrio transparente que la retiene. El suelo vibra a veces, como si la casa estuviera respirando. Pero ellos no respiran. Caminan por mis pasillos y buscan mis latidos. Me llaman por un nombre que no me pertenece. Los platos ya no parecen de cerámica y los cubiertos no son metal. La comida está insípida y gris, podrida por mi propia mente. Y el agua ya no es agua.

Al principio su influencia era leve. La entidad se comportaba de forma mucho más pasiva que ahora. Cuando me acostaba, era un leve repiqueteo en la madera del techo. Igual que una termita, hacía que las vigas crujieran constantemente. No era un ruido fuerte, pero si persistente. Molestaba, pero lo suficientemente poco para que no le hiciera mucho caso. La entidad se dio cuenta de esto, claro. A veces dudo de su objetivo. Atormentarme, desde luego, pero hay algo más. Está intentando mermar mi cordura con algún propósito. Si intentase matarme, ya lo habría hecho. Puedo sentir lo que es capaz de hacer, como un aura que embadurna las habitaciones en las que ha estado. Y cuando aparece, no hace presencia. La temperatura sube un poco. El aire se siente un poco más pesado. Siento el aire en el cuello y a la entidad tras él. Pero cuando me giro, desaparece. Juega conmigo. Me intenta hacer perder la paciencia.


Llegué a pensar que estaba loco. Tras unas semanas, la supuesta termita del techo se había convertido en un enjambre colosal. Solo actuaban de noche, y cuando lo hacían, parecía que la madera estuviera viva, y la estuvieran devorando. Una vez lo escuchas, es complicado olvidar. Los gritos de algo inerte. Compré litros de insecticida. Suficiente para ahogar a varias legiones de insectos, y desde luego suficiente para acabar con aquella peste que me robaba el sueño. Me costó subir al ático. El descomunal ruido que hacían de noche me indicaba que probablemente estaba infestado de ellos. Pequeños y hambrientos. Fue en parte grata, aunque también temerosa, mi sorpresa, al ver que el ático estaba completamente vacío. Ni rastro de termitas. Ni cucarachas, ni arañas. Estaba demasiado limpio, incluso. Tardé mucho en darme cuenta de que aquello fue solo una forma en la que la entidad estaba jugando conmigo. Rocié la madera de veneno. Desconocía la capacidad de las criaturas para ocultarse, y era mejor ser precavido. Me aseguré de que todas las ventanas estaban cerradas, y de que no había ningún agujero que se hubiera abierto en la madera. Nada. Todo impoluto. Todo perfecto y en orden. La única cosa diferente era aquella viga que ahora rezumaba muerte líquida. 


Las oí, en sueños. Las condenadas alimañas roían las paredes de mi letargo. Un pequeño mordisco tras otro. Me despertó el olor del pesticida sobre la calma de la noche. El techo estaba manchado con verdes y marrones, como si estuviera completamente podrido. Subí corriendo al ático, tapándome la nariz para huir de la putrefacción de la madera. La viga, completamente destruida. La tablas bajo ella estaban completamente cubiertas de los pequeños cadáveres de aquellas criaturas. No eran termitas, desde luego. Sus cuerpos tenían demasiadas secciones y sus bocas eran demasiado grandes como para serlo. Parecían de plástico, termitas de mentira. Desprendían una peste que se mezclaba con el veneno en una especie de carnaval pútrido.  

Llamé al exterminador. Había una plaga en mi casa, supuse que era lo que debía hacer. Vino un hombre vestido con un peto, sucio y encorvado. Subió al ático únicamente con una bolsa de tela. No pregunté. Asumí que se llevaría a los monstruos en miniatura antes de limpiar aquel desastre. Cuando bajó, con el saco lleno, solo me miró, con los ojos tristes, casi decepcionado. Y pronunció aquella condenada frase.


—Ya no hay nada más que pueda hacer por ti, chico.


Cerré el ático con llave y la guarde en el armario más recóndito de la cocina. No sabía que había ocurrido allí arriba, pero no quería volver a verlo. Tuve que empezar a dormir en despacho. La peste de mi habitación la había dominado completamente. Sellé los bordes de la puerta, y tapié la ventana. Asumo ahora que tomé medidas tan drásticas por el estrés que me inducía la entidad. Ahora el estrés ha sido sustituido por angustia y pánico. Empecé a dormir en mi despacho. La habitación estaba cubierta de estanterías, llenas de libros, y entre todas ellas, un sillón viejo y marrón. No era lo más cómodo del mundo, pero era mejor que dormir en el suelo. 


La entidad volvió a manifestarse pocos días después. Cambió las ventanas. El cristal era ligeramente más oscuro, más sucio. Sin importar cuanto lo limpiara, ya no brillaba. Ese no era el problema, no. A través del vidrio, la perspectiva había cambiado. Todo parecía más vacío. La calle estaba completamente deshabitada. Ni un alma andaba por el pavimento. No parecía ni existir el viento. Los árboles, completamente estáticos. Un paisaje congelado en el espacio. Pero el tiempo seguía fluyendo. Pasaba horas mirando por la ventana contemplando como lo único que variaba del paisaje eran los astros. El sol y la luna rotando en el cielo. Ni las nubes hacían acto de presencia. Un estasis en movimiento. Las hojas desaparecían de los árboles sin moverse. Se desmaterializaban de la realidad, como si lo que yo veía a través de mi ventana fuera solo el fotograma de una película que seguía su curso. Y mi perspectiva, bloqueada más allá de él. 


Mi teoría se desvaneció por completo con la aparición de la primera persona. Sospecho que la entidad no quería que me sumiera en mis propios pensamientos, o al menos, no en los que no me había producido ella. Sé que la entidad entiende a las personas. Sabe lo que somos y como nos comportamos. También sabe lo que nos asusta. Por eso las personas que hizo aparecer se movían de aquella forma. Estaba intentando aparentar no saber como se mueven los músculos y los huesos, o como se forman las caras. Andaban por la calle sin rumbo. A veces se giraban y volvían en la dirección de la que venían. Sus cuerpos se torcían sobre si mismos y crujían con cada paso. Algunos llevaban correas, como si pasearan a un perro, otros llevaban carpetas, y otros miraban a los lados buscando algo o a alguien. Pero todo estaba vacío. Las correas estaban atadas al aire, y las carpetas estaban aún cerradas con plástico. Y no miraban a nadie, ni buscaban nada. Sus ojos estaban vacíos y sus bocas habían sido borradas. Una especie de teatro macabro, solo para mí. 


Como perdí la cuenta de los días que pasaron después de mirar tanto el sol y la luna, no puedo ser muy preciso al describir esto, pero asumo que pasaron un par de semanas desde la aparición de la gente falsa y sus primeras interacciones conmigo. A veces se quedaban mirándome. Sus cuencas negras apuntando a mi ventana. Me apartaba, claro. Los humanos falsos me erizaban la piel, y mucho más si reconocían mi presencia. También se relacionaban entre ellos. Se chocaban y se golpeaban. Siempre moría alguno. Su sangre era demasiado roja y sus gritos eran demasiado agudos. La entidad se esforzó en hacer que intentaran parecer humanos. Lo intentaban demasiado. Después de matar a otro seguían caminando como si nada. Y nunca había menos. Da igual cuantos murieran. En el momento en el que dejaba de mirar, los cuerpos eran sustituidos por otros humanos falsos. Creo que ni siquiera eran nuevos. Simplemente dejaban de estar muertos.


Los empecé a oír hablar. Alrededor de mi casa. Estaban haciendo algo, pero no podía verlos. Sus palabras sonaban falsas, como si intentasen pronunciar un idioma que no existía. Le hacían algo a las paredes. Golpeaban los muros, como si intentaran abrirse paso. Nunca se acercaban a la puerta. Y yo nunca salía. Tenía miedo de que me atacaran. De que me hablaran. O de que me miraran. Podía tolerar la idea de verlos desde lejos con un cristal entre nosotros, pero no de estar junto a uno de ellos. Sonaban martillos y clavos. Estaban rompiendo algo, y construyendo encima. Estaban deshaciendo mis paredes y poniendo las suyas. Los oí romper una ventana, pero por suerte, era la de mi dormitorio. No entraron más allá. Honestamente, no temo que me hagan daño. Ni que me maten. Me aterra la idea de que no lo hagan. De que morir sea la mejor opción ante ellos. Ante la entidad.


Acabé tapiando todas las ventanas, y todas las puertas. Llené el despacho de tarros y latas. Comida para subsistir la obra a la que me estaba sometiendo la entidad. Apenas entraba luz por las rendijas que había entre las tablas de madera que ocultaban los cristales. Empecé a vivir en una reclusión casi total. Sin forma de saber la hora más allá de lo poco que el sol iluminaba la habitación. Sumido en mis pensamientos. En mi cabeza. En la entidad. Entraron en el resto de habitaciones. Los oí. Poco a poco, rompían cada ventana. Nunca intentaron entrar en la mía. Los oía andar por mis pasillos, pisar mi suelo. Respirar mi aire y poblar mi casa. Y entonces oí un crujido en el techo. Termitas, de nuevo. No. No eran termitas. Corrí a asegurarme de que la entrada al ático estaba cerrada, pero había gente falsa bajo ella. Me miraban, hablándome en un idioma muerto. Me llamaban por un nombre que no me pertenecía. Los entendía lo suficiente para saber eso. Intenté huir hacia la entrada, pero oía más de ellos fuera. Estaba acorralado. Los venía acercarse muy lentamente, me analizaban con detalle. Rompían sus huesos y deformaban su carne. Se ajustaban como si estuvieran hechos de arcilla. Gente falsa de piel de papel, de músculos de mentira y palabras de otro lugar. Y mi espalda se apoyaba contra la puerta mientras ellos extendían sus manos hacia mi.


Y entonces sonó el timbre. 


A través de la mirilla la vi. Una señora bajita, con el pelo blanco y un bastón marrón. Si mi mente no me engaña, juraría que alguna vez fue una vecina, una persona de verdad. Una persona, sin más. Pero daba igual. A través del cristal estaba ella, preguntaba si todo iba bien, si necesitaba ayuda. Preguntaba y yo le respondía, pero no me oía. Y si abría la puerta solo veía la calle vacía. La gente de mentira se había quedado paralizada, mirando a la puerta. La mujer se marchó, dejando un pequeño paquete junto a la puerta. Un paquete que no podía tocar. Abrí la puerta varias veces y siempre acababa en el mismo sitio. El mismo fotograma muerto. Aquel lugar varado en el tiempo. Aquel lugar de personas falsas. Una última obra de teatro. Una gran mentira. Un engaño. El Engaño. 


Volví a abrir la puerta y ahí estaba. Ofreciéndome el paquete. La entidad. No puedo describirla. No creo que sea siquiera posible. Tenía al menos un brazo, y una mano, con la que me ofrecía la pequeña caja de papel marrón. La gente falsa yacía detrás mía, en el suelo. Cuando volví a mirar a la entidad, el paquete ya no estaba. Igual que las personas, me ofrecía la mano. No. No me ofrecía la mano. Fui a tomarla pero me esquivó. Hizo una reverencia. Un acto de dramatismo y teatralidad. Juraría haber oído aplausos de fondo. Ovaciones para el final de un acto espantoso. No sé como era su cuerpo. Ni si tenía, siquiera. Quizás su forma física fuera solo una manifestación del terror puro que me recorría las venas. La obra había terminado. Podía ver el cielo caerse a trozos, el sol y la luna girar desatados, el pavimento perder su color. Y la entidad sonreía. Sonreía sin boca. Y entonces cerró la puerta.


Y cuando la abrí no había nada. El vacío absoluto. La oscuridad más allá del marco de madera. Una mentira. Palabras en un idioma que no entendía. Que no era real. Un engaño. Un nombre que no me pertenecía. Pero uno que tomé.


Y un paquete.


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