Carne fresca
No elegí hacerme vegetariano, ¿sabes? No decidí dejar de comer carne. Pero a lo largo de la vida de una persona, pueden ocurrir ciertos... “eventos”, que pueden cambiar drásticamente tu perspectiva sobre ciertas cosas. No me consideraría un activista, no me alegro por la muerte de los animales pero creo que no hay nada de malo en que nos los comamos, así funciona la naturaleza, supongo. Me solía gustar mucho, de hecho. El olor de la carne sobre el fuego, ver como los jugos internos del animal borboteaban sobre sí mismos, concentrando el sabor del filete, la grasa, derritiéndose ante los restos de carbón ardiente. Adoraba meterme un buen corte en la boca y notar como la comida se derretía sobre mi lengua, como bajaba por mi garganta como si fuese agua. Un festival de sabor, producto de décadas de ingeniería, de asesinatos en masa, de alteraciones genéticas. Cerdos que apenas son capaces de soportar su propio peso, aves que nacen en sus propias tumbas, vacas que mueren conectadas a máquinas. ¿Sabes de dónde viene la carne que comes?
Yo no lo sabía.
Creo que tenía unos diecisiete años cuando visité por primera vez el matadero. Un monumento a la sangre. Filas, y filas, decenas de animales encaramados unos sobre otros, un ejército de carne muerta, jaulas repletas de criaturas que nunca han visto la luz del sol, que duermen, esperando que el próximo día sea el de su muerte. Y a todos les llega, tarde o temprano. Mi padre adoraba ir al matadero, decía que le traía recuerdos de su infancia, así que, un par de veces al año, cuando iba, nos pedía a mi y a mi hermano que le acompañásemos, para mantener la “tradición familiar”. Mi hermano siempre se negaba, el ambiente que producía la sangre que manchaba todo aquel lugar le provocaba arcadas, así que íbamos solos, mi padre y yo.
Cada visita era una nueva primera vez. Cada visita, era una nueva forma de matar a un animal. Cerdos colgados boca abajo, desangrándose mientras soltaban sus últimos alientos, vacas abiertas en canal, mientras aún podías ver su piel palpitar, conejos sin vida en cajas, apaleados hasta que dejaban de respirar. En el lugar se respiraba muerte, y aprendí muerte. Cada visita, un nuevo tono de sangre corría por debajo de alguna pared, como si la poca vida que quedaba dentro se estuviera intentando escapar. A mi padre no parecía importarle mucho, estaba acostumbrado, decía. Mentía, claro. Incluso un niño podría haber visto la cara de mi padre cuando entrábamos, y haberse dado cuenta de cómo le cambiaba cuando empezaba a oler a la sangre en descomposición. No le gustaba. La odiaba.
Quizá fue por eso por lo que ni mi hermano ni yo nos creímos que nuestro padre hubiera asesinado al hombre del matadero.
Fue una mañana de navidad, y una nueva oportunidad de visitar aquella “casa de la muerte”. Mi hermano, como siempre, se abstuvo de plantearse siquiera ir, y yo, aquella vez, decidí que me quedaría con él. Quizá fuera el olor del aire. Rancio, seco, desagradable. Quizá, simple desgana, el viaje en coche era moderadamente largo, y la comodidad de la cama me llamaba más que congelarme en el asiento junto a mi padre. Él lo entendió, no le molestó mucho y se fue. Dijo que volvería por la tarde, después de comer.
Comimos. Mi padre no volvió. Pasó la tarde. No volvió. Dormimos. No.
La policía nos despertó al día siguiente, y nosotros ya sabíamos que nos iban a decir. Nuestro padre había desaparecido, y la última pista que había de él estaba en el matadero. Pregunté si habían encontrado el coche, y asintieron, pero no solo eso. Por lo poco que nos quisieron decir, nuestro padre era el único sospechoso de un homicidio. En el matadero, claro, irónico. El hombre que lo llevaba, mutilado, hasta el punto de ser irreconocible. Mi padre no lo mató. Él no hubiera hecho eso. No sería capaz, ni física ni psicológicamente. Pero daba igual. Mi padre había desaparecido, y si aparecía, lo meterían en la cárcel. Mi hermano quedó a mi custodia, no teníamos familia cercana, así que estábamos solos. A veces desearía que tanto mi hermano como yo nos hubiéramos montado en el coche con mi padre, así nadie tendría que cargar con todo esto.
Pasaron un par de meses hasta que recibí la carta del matadero. Un sobre blanco, un pequeño sello rojo, contaminando mi casa con ese hedor repugnante a sangre de cerdo. Hasta mi hermano lo notó. De la angustia, apenas comió nada aquel día.
Abrí el sobre, y dentro encontré una nota escrita a mano, y un pequeño papel con un número apuntado. Aparentemente, el matadero tenía un nuevo dueño, y aún quedaban un par de pedidos que mi padre había encargado, antes de desaparecer, claro. No me gustaba la idea de volver al matadero, pero tampoco la de tirar comida. Tuve que tomar una decisión, aunque ahora ya dudo que realmente hubiera elegido yo.
El frío de la mañana me helaba los huesos, pero sabía que si me levantaba temprano, la carretera estaría mucho más despejada. No me gustó volver a ver aquel lugar, no se si fue por lo mucho que me recordaba a mi padre, o por el aura que desprendía. Lo que sí sabía, es que lo odiaba. Odiaba ese lugar con todas mis fuerzas. Pero pese a eso, estaba bajándome del coche, preparado para recoger mi pedido. Esta vez no había sangre chorreando por ningún lado. La entrada, que solía estar sucia y descuidada, estaba ahora completamente libre de manchas. El ruido de los animales revolviéndose, gritando, el chillido de las máquinas mientras cortaban la carne.. Nada. Aquella horrible canción de muerte fue sustituida por el más puro silencio. Era peor, mucho peor. Ahora el lugar estaba muerto. Lo único que avivaba el lugar era una leve brisa caliente que aparecía cada cierto tiempo. Me senté en la entrada, esperando a que alguien apareciera en el mostrador para atenderme. Así estuve, durante una hora, rastreando aquella habitación, aquel despacho de sangre. Daba la sensación de que fuera yo el que esperaba en la cola del matadero. Al final, desesperado, abrí la puerta de salida, dispuesto a marcharme. Fue justo cuando puse un pie fuera de la sala, que noté como me miraba. No me estaba mirando, de hecho, me sentía más bien como si me estuvieran analizando, desde lo alto, como si fuera un insecto. Me di la vuelta, y allí estaba, esperando, el hombre. No dije una sola palabra, ni él tampoco. Simplemente le dí el papelillo con el número, y asentí. Soltó un pequeño gruñido, agarró el papel, y desapareció tras la puerta que había detrás de él. A los pocos minutos, volvió, y me entregó una bolsa, con varios paquetes de carne envuelta en papel. Le agradecí, muy brevemente, y salí de allí lo más rápido que pude. Podía notarlo, tras de mí, mientras andaba hacia el coche. Aquel edificio estaba muerto. El calor que emanaba no venía de nada que estuviera vivo. Mientras arrancaba, observé los alrededores.. No había ningún coche. En todo el aparcamiento, que en todas y cada una de mis visitas había estado lleno de los coches de los trabajadores, no había ni uno solo. ¿Vivía allí aquel hombre? ¿Trabajaba solo en aquel edificio gigantesco? Traté de no darle muchas vueltas al asunto. Al menos la carne sabía especialmente bien.
Llegaron casi una decena de cartas a lo largo de un año. Todas iguales, antiguos pedidos de mi padre, que debía recoger del matadero. Por desgracia, ninguna visita era igual. Una vez, la tercera, creo, sí que hubo ruido. El chillido, constante y agudo, de algún animal. No era un cerdo, ni una vaca, conocía bien esos sonidos de aquellas visitas con mi padre. En la sexta visita, o la séptima, quizá, el hombre ni siquiera apareció. Esperé frente al mostrador, durante un par de horas, y cuando me dí cuenta, el pedido ya estaba allí. A veces me daba la sensación de que el tiempo allí dentro pasaba más despacio. Una angustia permanente que te invadía cuando al entrar, y te hacía parecer que los segundos eran horas. Odiaba ese lugar. La penúltima visita fue sin duda la peor. Esta vez, cuando llegué, el hombre ya me estaba esperando. Le di el papel, y recogí el paquete. Cuando lo cogí, el hombre me agarró del hombro. Quise gritar, pero no lo hice. Habló. Su voz sonaba caliente, en el sentido más literal de la palabra. Daba la sensación de que tenía un horno en la garganta, y que sus palabras eran humo, quemándome cada vez que pronunciaba una palabra. Me dijo que el siguiente pedido sería el último, pero que sería más grande de lo normal, así que necesitaría ayuda para llevarlo. Pensé en decirle que me podría ayudar él mismo, pero la idea de mantener una conversación con aquel hombre me aterraba. Asentí, agarré el paquete y me marché.
La última mañana apenas hizo frío. Mi hermano, sentado junto a mí, ni me miraba. Odiaba la idea de visitar el matadero, pero le obligué a que me acompañara. Le aseguré que sería la única vez que se lo pediría. Al menos me alivia un poco saber que no le mentí. Aquella mañana sí que había un coche. El coche de mi padre. Podría haber sido otro igual, lo sé. Pero no. No lo mencioné, lo último que necesitábamos mi hermano y yo en aquel lugar, era pensar en él. Silencio absoluto. Pasaron horas, y el hombre no aparecía. Mi hermano se aburría, claro, pero yo sabía que lo único que podíamos hacer era esperar. Salí a fumarme un cigarro, y le pedí a mi hermano que esperase dentro. Sabía lo imponente del hombre, pero dudé que fuera a hacerle nada malo a mi hermano, al menos no antes de que él pudiera llamarme a mí. O eso pensaba.
Cuando volví, mi hermano no estaba. Grité su nombre, busqué por todas las esquinas, y nada. Se había esfumado, sin hacer un solo ruido, sin dejar una sola pista.
Y entonces lo noté. Una pequeña brisa caliente salía de aquella puerta tras el mostrador. No era creyente, pero recé. Recé para que mi hermano no hubiera cruzado esa puerta. La crucé yo, en su busca. No fue hasta que atravesé aquel umbral que me di cuenta de que llevaba razón. Aquel lugar estaba muerto. Habitaciones contiguas, sin puertas, vacías. Ningún animal. Ningún ruido. Solo me acompañaba el leve calor del aire que allí corría. Pensé en gritar su nombre, pero tenía un nudo en la garganta. En lo más profundo de mi, sabía que si gritaba, no saldría de allí.
Y allí estaba mi hermano, inmóvil, en la siguiente habitación. Y frente a él, el hombre. Paralizado ante aquella mirada, la misma que había sentido yo, observando a mi hermano como si fuera un insecto, un animalillo, presa. Su presa. Y él no se movía, solo respiraba. Como un horno. Podía notar el calor que emanaba, como cada vez que espiraba, el aire de alrededor de su boca se distorsionaba. Podía notar el miedo de mi hermano, el terror puro que estaba pasando, y pese a eso, no me pude mover. Y entonces empezó. El hombre se quitó un guante, y su mano, bajo él, resplandecía, ardiendo, como una brasa. Como carbón encendido.
Y empezó a cortar. No creo que cortar sea la palabra adecuada, pero apenas hay palabras suficientes para describir lo que pasó. Hundió sus dedos en el brazo de mi hermano. No había sangre, ni agujero, simplemente atravesó su piel con la mano, sin romperla, sin estirarla, la dividió, y empezó a sacar carne. Para cuando me dí cuenta, de lo que era su brazo, ahora solo quedaba una pequeña tira de piel, ligeramente marcada por el hueso. Giró la cabeza. Mi hermano me miró, pero no dijo nada. No había lágrimas. Solo me miró. Desesperación. Angustia. Miedo. Corre. Creo que el hombre también me miró, pero no me paré para comprobarlo. Empecé a correr y a correr a través de aquel laberinto infinito. Esta vez las habitaciones no estaban vacías, no. Cuerpos vacíos, colgados, unos tras otros. Colocados sobre ganchos, goteando sobre el suelo. Cada vez más caliente. O se acercaba a mi, o me acercaba a él. La puerta, al fondo. Calor, brasa, carbón. Y la crucé. El mostrador estaba vacío, hasta que me giré, claro. Allí quedaba el hombre, de pie, mirándome fijamente. Junto a él, una caja, de casi dos metros, con un pequeño gancho saliendo por uno de los extremos. “Creo que esto es tuyo”, me dijo. No respondí. Apenas lo miré. Salí de allí, huí, me marché. Cada paso que daba estaba más frío. Cuanto más me alejaba, más rápido pasaba el tiempo, como si volviera a fluir después de haberse estancado.
La policía buscó, pero no encontró nada. Pasaron semanas buscando a mi hermano, en aquel matadero vacío, muerto. Mi hermano se había esfumado, y con él, aquel hombre, el laberinto, el calor, la carne. No fue entonces cuando dejé de comerla, no. Pasaron un par de meses hasta que lo hiciera. Aquel día llegó una carta. Un sobre blanco, con un pequeño sello rojo. El mismo olor. Vomité yo, esta vez. La abrí. Otro papel. Otro número. Y una nota. Tenía que recoger un pedido. Otro pedido. Pero esta vez no era de mi padre. Era de mi hermano. Dejé de comer carne. No me podía arriesgar a que nada de lo que comiera hubiera pasado siquiera por allí. Las verduras le aburren a uno, sí. Las legumbres no tienen mucho sabor, lo sé.
insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui: insertar copypaste aqui:
ResponderEliminar