Cielo vacío
Cuando tenía ocho años, por mi cumpleaños, mi padre decidió regalarme un libro sobre el sistema solar. No éramos pobres, pero tampoco ricos, en casa entraba el dinero justo y se gastaba casi al completo en lo esencial, así que no tenía muchos juguetes, juegos o, bueno, libros. Así pues, estallé de emoción al desenvolver pequeño cuaderno de cuero y papel, “El sistema solar y el espacio exterior”, estaba escrito en la tapa. Leí aquel libro unas cien veces, quizá más, no puedo decirlo con seguridad. Pasaba horas y horas releyendo aquellas páginas, aprendiéndome el libro entero, sumergiéndome en las ilustraciones de los planetas, las estrellas, los meteoritos... Creo que se entiende por donde voy, así que seguiré. Esto, como era previsible, despertó en mí un interés absoluto por la astronomía, el cual mis padres, pobres de ellos, jamás consiguieron apaciguar.
Por suerte, lo que ellos no pudieron hacer, lo hizo un vecino mío, un anciano a quien apenas había visto un par de veces, un hombre alto, encorvado y con una barba canosa que le llegaba al pecho. Me crucé con él una tarde, mientras copiaba unas ilustraciones de Júpiter, creo, de un cartel que había frente a mi casa. El hombre, que se identificó como Elías, sin apellido, lo cual suena un poco extraño ahora, si, pero has de entender que mi joven mente no pensaba en mucho más que los planetas, me ofreció venderme un viejo telescopio que, decía, había pertenecido a su hijo hace ya muchos años. Yo, eufórico, acepté, sin siquiera preguntar el precio. Le acompañé hasta su casa, y al llegar a la entrada, me pidió que esperase. Tras unos minutos, regresó, cargando un pequeño cajón de madera cerrado a sus espaldas. Lo colocó frente a mí, dejando una nube de polvo marrón tras de sí al apoyarlo contra una columna exterior. Yo, impaciente, me dispuse a abrir la caja, no podía esperar a ver su contenido, pero el hombre, rápido, agarró mi muñeca antes de que pudiera siquiera empezar a deshacer el nudo que mantenía el contenedor cerrado. Me apretaba, fuerte, no llegó a hacerme daño, pero mentiría si dijera que la situación no me sobresaltó. El hombre cruzó su mirada con la mía y empezó a hablarme, muy nervioso: “No lo abras hasta que caiga la noche, y asegúrate de volver a meterlo dentro antes de que salga el sol, bajo ninguna circunstancia dejes que le de la luz...” mientras hablaba, se dio cuenta de la fuerza con la que sostenía mi brazo, se disculpó, y para cuando me había dado cuenta, ya había vuelto a entrar a su casa. No mencionó el precio, y no me dió tiempo a preguntarlo, tampoco, así que simplemente pensé en visitarlo más tarde, el sol se estaba poniendo y yo me moría por ver las estrellas, irónico, supongo.
Aproveché que mis padres no estaban en casa para subir el telescopio a mi habitación, dudo que les fuera a molestar, pero tampoco les hubiera hecho gracia que aceptara un regalo de alguien a quien apenas conocía. Hice caso a Elías, y esperé a que el último rayo de sol desapareciera tras la colina que se erigía delante de mi ventana para abrir la caja. La madera era muy clara, estaba en buen estado, y la única suciedad que tenía eran restos de polvo. Casi parecía imposible que tuviera tantos años como insinuó el hombre, pero no le dí mucha importancia. Empecé a deshacer el nudo en el que acababa el cordel que rodeaba la madera varias veces. Tras intentarlo durante un rato, la impaciencia pudo conmigo, agarré unas tijeras de mi escritorio y corté el cordel. Un pequeño escalofrío corrió por mi cuerpo cuando el metal atravesó la cuerda, como si hubiera roto algo que no debería haber tocado en ningún momento. Retiré la tabla que tapaba el contenido, y me sorprendí. Por dentro, el estado de la caja era totalmente distinto a su aspecto exterior. Estaba lleno de marcas, roída por la humedad, manchada y hasta creí distinguir varios, pequeños arañazos. Algún roedor, pensé. Ingenuo. Dentro, reposando envuelto en una pequeña tela negra, estaba el telescopio. Junto a él, una bolsa con lo que asumí que eran varias lentes de este.
Lo desplegué, para mí fue un momento mágico, todo aquello que había visto en fotos y dibujos, a lo largo de tantos años, iba a estar delante mía.
Sobra decir que, mientras vivía en casa de mis padres, ese telescopio fue mi entretenimiento principal durante cada una de las noches. Aprendí a enfocarlo por mi cuenta, y a calcular la posición de los planetas y las estrellas, pero nunca probé a cambiar las lentes, pues tenía miedo de estropearlo y no saber cómo arreglarlo. También visité, o bueno, traté de visitar a Elías varias veces, ya no solo para pagarle, sino para que me explicara el funcionamiento de las estas, estaba seguro de que si aprendía a usarlas, podría ver mucho más lejos. Por desgracia, el hombre nunca estaba en casa, y pasó alrededor de un año hasta que le pregunté a mis padres si sabían qué había sido de aquel hombre, señalando su portal. Mis padres se extrañaron, y me aclararon que hacía ya una década que nadie vivía allí. Me extrañé, claro, al principio pensé que me había equivocado de casa al preguntarles, y pese a que aún pretendía encontrar a Elías para pagarle, no le dí muchas vueltas al asunto.
Me acabé mudando, la universidad quedaba muy lejos del pueblo, y salía más barato alquilar en algún lado de la ciudad que pagar por el transporte a diario. Muy a mi pesar, no me pude llevar el telescopio conmigo, ocupaba demasiado espacio en mi maleta, y me pretendía ir a clases vestido con algo. Por suerte, o por obra del destino, mientras estudiaba un grado en física teórica, conseguí un trabajo cerca de mi facultad, nada menos que un puesto en el observatorio de la ciudad, un sueño hecho realidad. Una pena que haya durado tan poco.
Poco antes de que empezara el verano, me llegó una mala noticia: mi padre estaba enfermo, terminal, y apenas le quedaban semanas de vida. Decidí volver a mi casa durante una temporada, al menos. Se acercaban las vacaciones, así que la universidad no tuvo ningún problema, por mi situación, en dejarme acabar antes de lo previsto. Volví a instalarme en mi vieja habitación, para poder estar con mi familia... A veces desearía no haber podido volver, que la universidad no me hubiera dejado marcharme, o que los trenes de vuelta se hubieran estropeado. No quiero que se me malinterprete, quería mucho a mis padres, pero ningún amor podría devolverme aquello que me robó la casa.
La primera noche la pasé en vela, preocupado por mi padre. Deambulé por mi habitación hasta que en una esquina, apoyado, encontré el viejo cajón del telescopio. Lo apoyé contra el suelo, la tapa estaba mal asegurada, casi daba la sensación de que algo había intentado abrirla desde dentro. Pensé en lo viejo que estaba el cordel, asumí que simplemente era desgaste, así que no le di importancia. El telescopio seguía como lo había dejado, envuelto en la tela negra, junto a la bolsa de lentes. Desplegué el instrumento junto a mi ventana, y miré a través de ella. El cielo estaba completamente despejado, una ocasión perfecta para observar las estrellas. Gracias al trabajo en el observatorio, aprendí a instalar y colocar lentes, así que por primera vez desde que recibí el telescopio, abrí la bolsa. Para mi sorpresa, estaba prácticamente vacía, salvo lo que entendí que era la mitad de una lente. La saqué con cuidado, tienden a ser muy frágiles y no pretendía romperla. El fragmento era de un color ligeramente oscuro, estaba levemente arañada, pero se veía a través sin mucha dificultad. Rebusqué por dentro de la caja, con la esperanza de encontrar la otra mitad de la lente, y muy a mi pesar, no la encontré. Cada día que me despierto, me arrepiento de haber encontrado aquel maldito trozo de vidrio.
Pasaron un par de días hasta que mi madre me entregó un paquete, a mi nombre, que dijo que un hombre le había dado mientras volvía de hacer la compra. Dentro había un pequeño sobre de cuero, con una pequeña nota al lado; “Me considero pagado”, escrito en tinta negra. Me extrañó, y antes de abrir el sobre, pregunté a mi madre quien le había dado el paquete. Me explicó que un hombre vestido con bata de laboratorio, de unos cuarenta años, estaba buscando mi domicilio, y al preguntarle a mi madre, le dijo, claro, que era su hijo. El hombre se alegró y se identificó como Elías, un profesor de mi universidad, y le hizo entrega del paquete. Me sorprendió lo que me dijo, no solo no tenía ningún profesor llamado así, sino que la única persona que conocía bajo ese nombre era aquel extraño vecino que me regaló el telescopio. Subí a mi habitación y abrí el sobre, dentro, se encontraba, envuelta en un fino trapo de tela, un fragmento de cristal negro. Deduje, pues, que realmente era el viejo vecino quien me había traído el paquete, otro regalo, supuse, sin ser consciente del infierno que esa lente traería consigo.
Esperé hasta que oscureciera para abrir el telescopio, aún recordaba lo único que se me instruyó sobre el aparato, y recogí la otra mitad de la lente. Sorprendentemente no necesité ningún tipo de pegamento para unirlas, en cuanto las junté, quedaron unidas, como si nunca se hubieran separado. Me extrañé, conocía las propiedades magnéticas de algunos cristales, pero nunca había visto una atracción tan fuerte, casi parecía que se hubieran fundido la una a la otra. Abrí la ventana, el cielo estaba mayormente despejado, quedaban algunas nubes en el cielo, pero había suficiente firmamento vacío como para observar las estrellas. Bajé a por un trapo para limpiar la lente, quizá no estuviera estropeada, pero estaba completamente cubierta de polvo. Volví, limpié el vidrio, y con mucha delicadeza lo sustituí por la lente que ya estaba dentro del telescopio.
Me arrepiento tanto de haber hecho eso.
Apunté el telescopio hacia fuera y miré a través de él. Y no vi nada, volví a limpiar la lente, asumiendo que simplemente seguía sucia, y la coloqué de nuevo. Otra vez, nada. Me asomé por la ventana, quizá había algo obstruyendo la trayectoria del aparato, y fue entonces cuando me dí cuenta, no había estrellas en el cielo. Ninguna, ni el más mínimo ápice de luz en el firmamento. ¿Las habrían tapado las nubes? Había luna nueva aquella noche, así que no pude distinguirlo bien. Guardé el telescopio y me acosté, sin ser consciente de lo que había desatado.
Cuando desperté, estaba ahí, desplegado junto a la ventana, apuntando hacia el cielo. Estaba seguro de que lo había metido dentro de la caja, pero no, el cordel yacía en el suelo, junto a varios pedazos de madera, lo que entendí que eran los restos de la caja. Estaba alarmado, claro, en el mejor de los casos habría sido algún animal que se hubiera colado por la ventana mientras dormía, pero eso no explicaría cómo había llegado hasta ahí. Nunca fui alguien que creyera en lo esotérico, pero este acontecimiento me hizo plantearme muchas cosas en las que creía. Metí el telescopio en el armario, desprendía un aura inquietante, y no quería tenerlo cerca mientras trabajaba en mi habitación. Pero daba igual. Cada vez que salía de mi habitación, el telescopio estaba ahí, mirando al cielo, esperándome. Al principio pensé que era una broma pesada, pero mi madre estaba muy ocupada con mi padre como para tener tiempo para hacer algo así. Me limité a ignorarlo, asumí que era el estrés, que estaba confundiendo mis pensamientos. ¿Un telescopio vivo? Una tontería, claro. Una tontería.
Pasaron las horas, y cayó la noche. El telescopio apuntaba al cielo, pero sentía como me miraba a mi, el aura que proyectaba me daba angustia, temía lo que pudiera pasar si volvía a mirar por el condenado artilugio. Pero la curiosidad me pudo, y miré. Negro. De nuevo, el cielo estaba vacío. No había ni una sola estrella, y la luna había desaparecido, lo cual no tenía sentido, pues la luna nueva fue el día anterior. Me asomé por la ventana, moviendo el telescopio a un lado. Observé el cielo, o bueno, la ausencia de él. No me refiero a que estuviera vacío, no era un negro nocturno, no. No había cielo, el tapete oscuro que cubría la noche había sido sustituido por la nada absoluta. No es algo que se pueda describir con palabras, al menos no unas que yo conozca. El vacío se tragaba la luz, y si lo dejabas la vista fijada en él demasiado tiempo, te perdías, como si te mirase de vuelta algo que no eres capaz de comprender. Y sigo sin ser capaz de hacerlo. Pasé la noche en vela, mirando al cielo.
Cuando desperté, deseé que todo hubiera sido un sueño. El telescopio seguía ahí, claro, esperando a que mirase a través de él de nuevo. Miré al cielo azul, casi con lágrimas en los ojos. Iluminado y... ¿vacío? El cielo brillaba pero el sol no aparecía por ningún lado. Horas. Horas y horas pasé buscando el sol, deseando que me cegara con su luz, pero no lo encontré. Había momentos en los que dudaba siquiera que el cielo aún estuviera sobre mi. Quizá tenía razón, quizá el cielo había desaparecido. Días. Días y días, apenas comía, apenas trabajaba, me costaba pensar en algo que no fuera el vacío que se cernía sobre mi. De día, brillante, de noche, desolador. Ni una estrella, ni la luna ni el sol, nada hizo presencia desde que miré por aquella lente. Pero no me atrevía a deshacerme del telescopio, ya no por perderlo, temía que si lo rompía, no podría volver a la normalidad, o peor, que al apartar la mirada, el telescopio volviera a estar allí. Mientras observaba absorto el cielo, mi madre entró corriendo en mi habitación. Ignorando el desorden absoluto que reinaba en mi habitación, me miró ella a mi, y con lágrimas en los ojos, me dió la noticia. No lloré, apenas entendía lo que me estaba diciendo. No fui al funeral, tampoco, no me atrevía a pisar el suelo bajo el vacío, temía que si lo hacía, me tragaría a mi también.
Mientras dormía, podía oírlo. El silencio absoluto, que reptaba por mi cabeza, como una enfermedad que se propaga, dejando solo muerte a su paso. Como las patas de una araña sobre su tela, podía sentir como el vacío se movía hacia mi, mirándome, y yo mirando de vuelta, sin poder hacer nada. El telescopio me apuntaba a mí. Creo que era de día, aún no estoy seguro, el vacío seguía allí, la oscuridad tendida sobre mi techo, cada vez me sentía menos seguro. A veces, cuando cerraba los ojos, podía verla. Arrastrándose por mis pupilas, la mirada del vacío, tejiendo su hilo a mi alrededor. Observaba la oscuridad durante horas, hasta que me di cuenta de que era ella la que me estaba observando a mi. Creí que las estrellas habían vuelto, que mi psicótica condición había desaparecido, pero no. Una por una, las estrellas se abrían. Cientos, miles, millones de pequeños ojos, desde la más absoluta negrura, me miraban. Y yo las miraba de vuelta. Y poco a poco sentí como me envolvían, no como una red, sino como un... ¿Abrazo? No era cálido, pero tampoco hostil, me tranquilizaba, calmaba mi angustia, mi dolor. Un pinchazo. No había sangre, pero grité. Sentía al vacío tirar de mi piel, como si intentara separarla de mi cuerpo, como los ojos me miraban, ahora hambrientos, viendo como había caído en su trampa. Me revolví, lo suficiente como para poder golpear el telescopio con una pierna, a cambio del esfuerzo, los ojos devoraron mi mano. Cayó al suelo, sin hacer un solo ruido y la lente rodó hasta mis pies. Aún sintiendo el dolor, agarré con una mano mi escritorio y lo volqué sobre el trozo de vidrio negro.. La oscuridad desapareció tan rápido como oí al cristal fracturarse. Las estrellas no volvieron, y mi mano tampoco.
Aún los veo, cuando cierro los ojos. Me miran, distantes, pero con la misma hambre. Y el vacío me llama. Me espera, paciente, como una araña tejiendo su tela lentamente. Y temo que la próxima vez que me encuentre, no me quedará una lente por romper.
¿¿¿¡¡¡¿¿¿¿¡¡¿¿¿¿¿Cielo vacio???!!!?!?!?!?!?!?!?!?!???!, perdona pedazo de ateo pero en el cielo estan lo que han sido buenas personas, y yo voy a caer alli en cuanto muera, tu en camvio vas directo al infierno, tu y todos los ateos.
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