La sombra del mar
Las leyendas hablan de las sirenas como monstruos semi-humanos, arpías de agua que se alimentan de la carne de marineros desprevenidos, entonando canciones que resultan irresistibles y que desembocan en naufragios masivos. Las historias tienen poco de cierto, pues mis propios ojos, o el que me queda, ha sido capaz de ver y sobrevivir a una sirena.
Hace un par de décadas, tres incluso, viajaba yo en un navío mercantil con destino al norte, seguido de una tripulación de unos cuarenta marinos y suficientes provisiones para un mes. Salimos de puerto una madrugada de sábado cuarenta hombres y yo, volvimos dos, uno muerto por fuera y otro muerto por dentro. Una sola vez he tenido que relatar lo que ocurrió, y ahora decídome a transcribirlo para que quizá, algún día, déjese de poner rumbo al mar en busca de tal vil criatura.
Pasaba el día cuarto más lento que el resto, la sal del mar empezaba a apestar el aire, que entraba en conflicto con el propio hedor que desprendíamos casi media centena de hombres carentes de higiene. A lo largo de la jornada, el firmamento se tornó gris, no un gris blanquecino, lluvioso y apagado, no. Un gris intenso, como ceniza compactada en bloques colosales que se esparcían por todo el cielo.
Al divisar una ruta escollada al norte, decidimos esperar a que las nubes se disiparan un poco para poder tomar otro rumbo no tan peligroso, mas que fatal error el nuestro. Al pasar una hora, fue el más joven de los hombres, un chico andrajoso y mal afeitado, que se dio cuenta de lo que ninguno. El cielo, infestado de claros y oscuros, no había perdido las estrellas. La osa mayor iluminaba la bóveda celeste bajo lo que ya no parecían nubarrones, sino sombras de algo más grande. Cuando bajé la mirada, algo había cambiado en la mente de mi tripulación. Las expresiones de jolgorio de los más jóvenes pasaron a ser ojos en blanco y muecas serias, mientras que los marinos más maduros se reían como locos.
Hubiera intentado entender lo que les ocurría, pero distrájome una entonación distante. No solo a mí, pues éramos todos los que empezamos a buscar el origen de la melodía. No era homogénea, pues parecían varias voces intentando cantar al unísono, pero incapaces de coordinarse, y cada vez que uno trataba de concentrarse en oírla, la melodía mutaba y tomaba otra dirección. Pensar en la melodía nos distrajo a todos durante lo que se sintieron como siglos, pues al volver la vista al frente, la mitad de la tripulación había desaparecido. Sus botines sobre la madera húmeda eran lo único que habían dejado. El pánico corría entre mis compañeros y yo, podía notar el sudor correr bajo mi frente mientras oía los gritos ahogados de mis segundos de mando. Al darme la vuelta, algo de lo que me arrepentiré siempre, vi como una figura gigantesca agarraba a mis hombres con sus manos y con un chasquido rápido los abría por la mitad. La sutileza con la que la entidad sacaba sus adentros, mezclado con la brutalidad de ver como se tragaba las cuerdas vocales de aquellos a quien yo había confiado mi vida más de una vez, resultaron en un escalofrío angustioso al sentir que la criatura había depositado su vista en mí. Corrí escalera abajo, mientras a lo lejos observaba como otros monstruos similares se regocijaban en la sangre de una docena de marinos, y salté a la bodega a través de la pequeña trampilla que había junto al mástil mayor.
La penumbra recorría cada rincón de aquella húmeda instancia, pero ofrecía un lugar seguro y apartado de la pesadilla de la superficie. Allí encontré al joven andrajoso, magullado y horrorizado a partes iguales, mientras observaba con detenimiento los imbornales de las paredes. El chico trataba de comunicarse conmigo, sin resultado, quizá la confusión causada arriba nos hizo de Babel, pues no era capaz de comprender lo que el chico trataba de hacerme entender. Tras varios minutos de frustración, el chico acabó soltando un alarido de desesperación. Un alarido corto, pues las criaturas lo oyeron, y respondieron pasando una extremidad por el imbornal más cercano y arrancando su yugular con un fino movimiento de lo que identifiqué como la muñeca. El chico se desplomó sobre un charco de su propia sangre, y yo corrí de vuelta arriba, pues el agujero dejado por la criatura estaba empezando a resquebrajar todo el muro. Subí las escaleras de mano, y donde antes había dejado una pesadilla viva ahora solo encontraba una cubierta completamente vacía, sobre un mar carmesí y un cielo estrellado. Me caí sobre mis rodillas observando el agua, color de sangre, notando la ausencia no solo de mis hombres, sino también de las pesadillas entonadoras. Bajé la vista al fondo, divisando una sombra ominosa que se extendía a lo largo del barco, y corrí a uno de los botes sobrantes mientras el crujir de la madera me hacía entender que la vida de la embarcación llegaba a su fin. Alcancé el bote cuando la canción febril de las pesadillas resurgía del agua. El barco se partía por la mitad mientras la sombra se alzaba sobre la cubierta, dispuesta a interponerse entre mi respiración agitada y mi destino.
En cuanto se abalanzó sobre mí, lo único que me quedaba era cerrar los ojos y esperar a que pasara, pero al contrario de mis expectaciones, fue tan pronta su cesión del ataque como mi reacción.
Temía volver a abrir los ojos, así que traté de tantear en busca de un apoyo seguro mientras la canción retumbaba en mis oídos, lo suficiente para no oír como la proa del barco se rajaba bajo mis pies, y caía a la bodega. Allí se tendía el cuerpo del joven, pálido, pero aun respirando, como si una fuera sobrenatural lo mantuviera con vida. Eché la vista atrás para divisar la barca a un par de pies de distancia, pero la sombra me siguió y allí se posaba, sobre mi escapatoria. La pesadilla cantaba mientras otras se manifestaban entre ella y yo, que me alejaba arrastrándome en busca de una salida. Rodeado por ellas y el cuerpo del joven, perdía la esperanza rápidamente. La madera de la cubierta se caía a trozos, bloqueando mi visión. Mi ojo izquierdo veía la madera y el derecho a las entidades, armonizadas por primera vez, y pese a que no podía distinguir sus miradas, sabía que me sentían. El joven moribundo movió un fragmento de madera hacia mí, señalando a su ojo y cerrándolo, soltando un último suspiro. Las dudas asaltaban mi mente, en conflicto y buscando el significado del gesto. Finalmente, decidí ofrecerles mi vista a las criaturas, sacando mi ojo derecho, cuidadosamente y lanzándolo al barco. Agarré el cuerpo del joven y corrí a la barca.
Al echar la vista atrás, mis hombres se congregaban alrededor de la bodega, mirándome finalmente, mientras la sombra consumía los restos del barco que no se tragaba el mar de sangre, y alzaban la vista, cantando.
Las sirenas no son mujeres ni arpías. Son una sombra del mar, un grito ahogado, una pesadilla salada.
Comentarios
Publicar un comentario