La puerta al final del pasillo

 Existe una diferencia entre un pacto y un trato. En un pacto, los participantes estipulan específicamente el curso de las acciones de cada uno, el beneficio y cómo obtenerlo. En un trato, uno de los participantes recibe algo del otro, y este, devuelve el favor eventualmente. 

Lo que yo no sabía, cuando cogí aquel plano, ignorante, ingenuo...


¿Cuál será mi favor? 


Vivo en un pequeño piso cerca de mi trabajo, no es muy destacable, un par de habitaciones con camas, un baño y un salón muy modesto. Lo único resaltable es el largo pasillo que conecta las habitaciones. Verás, la disposición es muy poco común, pues las puertas a estas están colocadas al principio del corredor, y el resto se extiende, llevando a ningún lado. No hay nada al final, ni una puerta siquiera, no lleva a ninguna parte. Hay a quien le resulta un poco desagradable, la sensación de que algo está fuera de lugar, y aunque lo entiendo, creo que también le da un aire un tanto misterioso al lugar. Eso, y bueno, el precio, porque siendo honesto, era ridículamente barato. El antiguo dueño no dejó muy claro por qué se quiso marchar, y en cuanto llegué, cogió sus maletas y desapareció, sin decirme ni dejarme nada. Descubrí que murió unos pocos meses después de que yo la comprara. Quizá fuera una señal, pero si fue así, desde luego no le hice mucho caso.


El sitio, como ya he dicho, está situado a un par de calles de donde trabajo. Me gano el pan en un taller de carpintería. No me apasiona, pero al menos me enorgullezco de decir que soy bueno en lo que hago. No soy ningún maestro artesano, pero lo que hago funciona, y lo hace bien, considerando que siempre tengo algo que hacer. Es un trabajo lo suficientemente monótono como para que no sea complicado, pero no tanto como para que me resulte aburrido, y el aroma que desprende la madera al cortarla es agradable, lo cual es de agradecer, porque suelo ser muy quisquilloso con los olores. 


Las comisiones me suelen llegar de empresas, de construcción sobre todo, tablas y remaches, algunas otras de decoración, que piden algún mueble específico, y  rara vez recibo pedidos de particulares. Quiero creer que mis precios son asequibles, pero no todo el mundo puede permitirse un mueble tallado a mano.

Entró por la puerta, y pese a que tengo un pequeño timbre que me avisa cuando alguien llega, no sonó, o al menos no lo oí. Yo estaba sentado en la parte de atrás del taller. Estoy seguro de que no exagero si digo que el hombre se quedó de pie, junto al mostrador, al menos una hora. No hizo ni un ruido, y si no llega a ser porque noté un olor nuevo, no me hubiera dado cuenta de que estaba ahí. Le saludé, y él ni se inmutó. Simplemente me mostró un trozo de papel inscrito. Un plano para una puerta, me dijo. Una puerta que quería que yo hiciera. Le dí el presupuesto estándar, pagó el doble y se marchó. No me dió sus datos, ninguna forma de contactarlo, ni su nombre, siquiera. La única marca identificatoria era una pequeña “E” escrita junto a la puerta, en el papel. Una comisión normal, salvo que la puerta no tenía ninguna forma de abrirse. Ni una manivela, ni un pomo, ni siquiera una cerradura por la que meter una llave. Blanca. Completamente blanca.


La puerta en sí no era nada especial, un poco más alta de lo normal, con algunos símbolos grabados, cuya posición parecía aleatoria, pero que al mirarlos durante un tiempo, parecían resonar en armonía. Por desgracia, el hombre nunca vino a recoger la puerta. Se quedó en el taller, apoyada junto a otros proyectos, que cogían polvo. Especifico eso, porque la puerta no se ensuciaba, ni lo más mínimo. No recuerdo haberla barnizado con nada especial, pero la puerta no se manchaba nunca. Ni una mota de polvo, ni la más mínima suciedad. Recuerdo, incluso, que tropecé mientras cargaba con un bote de pintura, el cual chocó contra ella, rompiéndose. La puerta quedó impoluta, ni la pintura que se acumuló en el suelo la tocó, como si la pintura la hubiera esquivado completamente, de forma deliberada. No me gustó. No me asustó, pero me dió aquella sensación, la de que algo no estaba donde debería estar.  La quemé. O lo intenté, más bien. Las brasas no tocaron la madera. La rodeaban. El humo ascendía alrededor de la puerta. Y la dejé ahí, de pie, junto al carbón consumido, limpia, blanca, imponente. 


Y allí estaba. 


Al fondo del pasillo, esperándome. Blanca. Hice lo único que me quedaba por hacer, claro. Me fui a dormir, esperando que al despertarme, nunca hubiera conocido a aquel hombre, hecho esa puerta, y encendido esas brasas. 


Pero allí seguía.


La puerta estaba colocada en la pared, como un cuadro ominoso, con una pequeña mirilla en lo alto del todo, casi tocando el techo. Lo único de lo que estaba seguro en aquel momento, es que yo no la había puesto. Decidí que lo mejor sería no mirar a través. Ignoré la puerta durante días, actuando como si no existiera, haciéndole el completo vacío, como si aquella pared vacía no estuviera ahora invadida por un blanco espectral. Un blanco que no me ignoró a mi, por desgracia. 

Por la noche podía notar como se imponía sobre mi piso. Como si aumentara la presión de cada habitación, podía sentir como la puerta intentaba abrirse, como el aire se volvía cada vez más pesado. Y entonces el tiempo se paraba. Y golpeaba una vez más. Pero no se abría. Y el tiempo fluía de nuevo, con el aire y la puerta dormía. 


Noche tras noche, los minutos dejaban de avanzar. Se retorcía y empujaba. Pero seguía cerrada. Y cada vez que me acercaba, lo sentía, detrás de la puerta. De pie, su sombra reflejada contra el suelo, como un charco de sangre, roja. Solo su presencia. Nunca se movía, siempre estaba ahí. Cuando la puerta se agitaba con violencia, estaba parado junto a ella. Junto a su sombra. Y junto a la puerta. Incluso en la oscuridad, podía notarlo. Esperando. Paciente. A que se abriera la puerta. Blanca.


Rojo. Todo el suelo estaba cubierto por una fina capa de algo rojo. ¿Sangre? Dudé. Subía, poco a poco. Y la puerta seguía limpia. Ni una gota. Ni una sola mancha. Imposible. El líquido carmesí aumentaba, cada vez más rápido. Rodillas. Cadera. Brazos. Cuellos. Para cuando me dí cuenta, estaba completamente cubierto de rojo. ¿Sangre? Si.

Pero allí seguía la puerta. Aferrada al marfil, a sus runas y a su aura. Imponente. Cerrada. Blanca. Y me moví hacia ella, nadando a través del pasillo, tratando de no ahogarme, aprovechando el poco aire que me quedaba. La mirilla. Miré. Ahí estaba, de pie, junto a la puerta, mirándola fijamente. El hombre. Y allí esperé, durante horas, sin ahogarme, pero sumergido en el mar escarlata. Y entonces me miró. Me miró con esa expresión vacía con la que llegó a mi taller. Pero ahora sonreía. ¿Creo? Cada vez que pienso en su cara, cambia. Lo único que puedo recordar sin problema son sus ojos, siempre vacíos. Y su olor. Metálico. Como el óxido, o la sangre.


Me desperté. Mi piso estaba bien, ni una gota, ni una mancha, limpio. Y ahí estaba la puerta. Blanca. Ni una gota. Ni una mancha. Sucia. Una runa, la más cercana al suelo, rellena con un poco de aquel líquido. Y el sueño se repitió. Cada noche después de aquella. Dos semanas tardaron todas las runas en estar completamente esculpidas en sangre, encarnadas, palpitantes. Los golpes cesaron la última noche. Y cuando desperté, ahí estaba la puerta. 


Roja. Tranquila. Abierta. 


Y miré al otro lado. Mi pasillo, completamente igual. Entré, y ahí estaba mi piso. Una recreación casi perfecta. En mi habitación, todas mis fotos, las de mi familia, amigos, todas. Las caras, desaparecidas. Sustituidas por esa sombra roja, como la del hombre, aquella que no podía ser capaz de recordar. Y cada vez que mirabas, era distinta. Incluso cuando la estabas observando, podías fijarte como se movían. Poco a poco. La piel, deslizándose sobre sí misma, cambiando. 


Y entonces oí un golpe. 


Ahí estaba el hombre. Al otro lado de la puerta. Mirándome vacío, asintió. Sonrió. Y cerró. 

Olía a carbón. No había mirilla. Ni forma de abrirla.


Él me pagó por una puerta.


Una entrada.


Yo le di un hogar.


Un favor.


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