Lluvia y tizón

 La lluvia estaba cayendo hacia arriba. Es difícil de describir, no creo que pueda hacerlo con las palabras correctas. La lluvia no estaba subiendo, estaba volviendo hacia las nubes, con el mismo peso de la gravedad, pero en dirección contraria. Al principio no me percaté, claro, está diluviando con tanta intensidad que era casi imperceptible, pero una vez lo vi, no pude apartar la vista. 


Era un día particularmente frío. Mi tren salía sobre las ocho de la mañana, pero vi prudente llegar al menos una hora antes. La estación estaba prácticamente vacía, y la poca gente que había estaba saliendo de ella. No corrían, pero se podía notar como aceleraban el paso cada vez más, como si estuvieran impacientes por abandonar aquel lugar. Llegué a la parada que indicaba mi billete, y esperé. Una hora. Dos horas. Tres horas. Y entonces llegó, tarde, pero llegó. No me percaté del paso del tiempo hasta que miré mi reloj, pensando que apenas habían transcurrido unos minutos. Supuse que me había dormido sin darme cuenta, y que el tren llegaba tarde, porque cuando le ofrecí el pequeño boleto al hombre que había en la puerta, asintió y me hizo un gesto para que entrara.


No se sentía vacío, pero lo estaba. No había nadie dentro. Ni un alma. Ni un movimiento. Y entonces empezó. El tren, tras ruidos de maquinaria, comenzó a avanzar. Me pilló de imprevisto, pero tuve los reflejos suficientes como para agarrarme a una barra vertical para no caerme. Revisé mi billete y busqué mi sitio. En una esquina, apartado del resto, estaba mi asiento. No hubiera importado si me hubiera sentado en otro lugar, como he dicho, no había nadie más, pero supe que ahí era donde debía sentarme. Cerca de la puerta. De la salida. 


Y empezó a llover.


Las gotas golpeaban suavemente el cristal, para después rebotar hacia el suelo, que avanzaba más rápido de lo que se podía percibir. El agua tocaba el paisaje. Lo cambiaba. Le daba un aire melancólico a los árboles, al viento, y a las nubes. Hacía frío, cada vez más, pero seguía lloviendo. Ni toda la ropa que llevaba pudo protegerme por completo del invierno que me estaba helando los huesos. Saqué un libro y empecé a leer, tratando de ignorar la temperatura. Palabra tras palabra. Página tras página. Se me helaban los dedos, se me hacía incómodo tocar el papel, levantarlo y desplazarlo para poder seguir leyendo. Creo que me corté los dedos un par de veces intentando pasar las páginas, de lo frías que estaban. Tardé en darme cuenta de esto, de la misma forma que no me percaté de que se había sentado a mi lado. 


Medía algo menos de dos metros, y vestía un fino abrigo negro. La chica miraba mi libro, absorta en las palabras, en la tinta sobre el hielo. Cuando la ví, me sorprendí, claro, no la vi llegar, ni hacer ningún ruido, apenas parecía que respirara. Solo miraba el libro, el cual, se me había caído al suelo del susto. Lo recogió y me lo ofreció, con una sonrisa. Sus manos estaban calientes. Ardiendo. Lo cogí, agradecida, ya no solo por el acto de habérmelo devuelto, sino porque ya no estaba helado. No se presentó, no hizo falta, empezamos a hablar de libros durante lo que se sintió como horas. Fue una de esas extrañas experiencias en las que te ves como un reflejo de la otra persona, un alma parecida, pero a quien apenas conoces. 



Seguía lloviendo, y el frío seguía incidiendo.


Pero no importaba. La calidez de la conversación derritió completamente el frío que me envolvía en aquel tren. Olía a incienso, suave, agradable, y su voz se sentía igual que sentarse junto al fuego en una noche fría. Mentiría si no dijera que también se me derretía un poco el corazón cuando me miraba, con sus ojos ámbar, como la miel, dulces y penetrantes. Empecé a tener calor, irónicamente, pues mi móvil me indicaba que la temperatura había continuado descendiendo. Y cuando levanté la vista, se había ido. Tal 

como apareció, se esfumó, como el polvo, dejando únicamente una marca chamuscada bajo su asiento, como si lo hubiera quemado con un mechero. Y mi vagón quedó tan vacío como la estación. Sudor. Me quité la chaqueta y la coloqué junto a mi maleta. Me levanté para estirar un poco las piernas, pese a que lo realmente buscaba era a ella. Empecé a recorrer los vagones, tratando de encontrarla. Su nombre. Quería saber su nombre. Lo necesitaba. Y entonces me dí cuenta. La lluvia.


La lluvia caía hacia arriba.


Como he dicho antes, no estaba ascendiendo. El agua salía del suelo, y se precipitaba de vuelta a las nubes. Como si estuviera intentando evaporarse pero no fuera capaz. Pero para que hubiera vapor, primero tenía que hacer calor. Y lo hacía. Cada minuto podía notar como subía la temperatura. Al principio no me di cuenta, pero volvía a sudar. Me quité la sudadera, y ya solo me quedaba la camiseta, y yo continuaba andando por aquel tren. Vagón tras vagón, todos llevaban a otro más, como un túnel sin fin, hasta que me di cuenta, tras un par de horas deambulando por el mismo pasillo infinito, que había vuelto a mi sitio. De hecho, en cada vagón, en cada esquina, allí estaban mis cosas. Mi maleta, mi ropa, y el mismo asiento chamuscado. Ya no olía a incienso. Del aroma que desprendía aquella chica solo quedaban las cenizas. 


La lluvia seguía cayendo, hacia arriba, desde el suelo, y sin fin. No salía de ningún sitio pero podías verlo perfectamente, desde abajo, en dirección al cielo, al agua retorciéndose, tratando de descender, pero subiendo. Como vapor líquido, rozando las ventanas, repiqueteando contra ellas, buscando el suelo, y viajando de vuelta. De la misma forma que el agua volvía a las nubes, yo volvía a mi sitio. El mismo vagón. Una y otra y otra vez. Solo con una diferencia. 


La puerta ya no estaba.


La salida que había al lado de mi sitio se había esfumado. No recuerdo en qué momento dejé de verla, pero lo hice. Volví, anduve cabina tras cabina, pasillo tras pasillo, buscándola. Ni el hambre ni la sed me molestaban tanto como la desaparición de la puerta. No podía haber desaparecido. Podía soportar la idea del vagón infinito, pero no la de uno sin salida. Pero no importaba cuanto recorriera, siempre acababa en mi sitio, sin forma de salir, ni avanzar por aquel tren maldito. Y hacía calor. Más calor. Desde luego más del que debería de hacer una mañana de invierno. ¿Mañana? No, habían pasado horas. El sudor se deslizaba por mi frente. 


Hacia arriba. 



Y el olor volvió. El aroma a incienso venía ahora acompañado de un aire más pesado, más amargo, y más difícil de respirar. La lluvia continuaba ascendiendo, y el incienso se acercaba cada vez más. Y allí estaba ella, al fondo de un vagón. Uno que no era el mío. 

Empecé a correr, más rápido de lo que he corrido nunca, quizá por la ínfima posibilidad de que hubiera una salida. O menor aún, de conocer su nombre. Pero daba igual. No importaba cuantos vagones recorriera, no me acercaba. Tampoco me veía, no parecía percatarse de que yo estaba allí. Y entonces hice lo único que se me ocurrió. Le lancé el libro. Tan fuerte como pude, y aunque apenas recorrió un vagón, lo notó. Y me miró, sorprendida a la par que aterrada. Y el hombre que había detrás de ella se giró hacia mi, sin hacer un solo gesto. Solo sus ojos clavados en mi, como si me hubiera atrapado, sabiendo que no tenía escapatoria.


Y empezó a andar. 


Ella intentó pararlo, pero él seguía avanzando hacia mi. Cada vagón que cruzaba se volvía de un naranja ardiente, y el calor que emanaba podía notarse cada vez más. El hombre derretía lo que tocaba, dejando tras de si un rastro de metal líquido, chirriante, amenazante. La chica se plantó frente a él, pero él dejó de hacerle caso, con la vista fijada en su presa. Gritó. Me gritó que corriera. El aullido que ella soltó resonó en mi cabeza como dos gigantescas vigas de hierro chocando entre ellas. Y le hice caso, aceleré tanto como pude, huyendo de aquel hombre, pero lo notaba, cada vez más cerca. Y a ella más lejos. El calor de cada vagón aumentaba, y mis fuerzas decrecían. Estaba detrás mía, lo sabía. 

Pero oí un grito. Otro grito. Un último grito. 

Y paró. Pero el calor no lo siguió. Y me desmayé.


Y la lluvia volvió a caer.


Me desperté en el tren, en el mismo vagón, en mi esquina. Con el libro en la mano, con la cabeza ardiendo, y con un par de enfermeros a mi lado. Aparentemente, durante mi viaje, me había dado un golpe de calor. El frío volvió a tomar posesión de mi cuerpo mientras recuperaba el conocimiento. El resto de asientos estaban ocupados, y la gente me miraba, algunos preocupados, y otros curiosos, pero lo importante era que estaban ahí. Los enfermeros me dieron agua y comida, pero no me dieron ninguna explicación sobre lo que me había pasado. El asiento de mi lado estaba intacto. Como si ella nunca se hubiera sentado. Como cenizas que se vuelan con el viento. Abrí el libro, con pocas esperanzas de que hubiera sido poco más que un sueño. Pero ahí estaba, o más bien, no estaba.


La primera página, completamente chamuscada.


Comentarios

Entradas populares