El hombre sin carne

Hablé con el hombre sin voz.

 

 Aparqué el coche junto a la entrada. La nieve en el suelo se reflejaba ligeramente con la luz de la luna, y una suave brisa movía los copos que aún caían con la más mínima intensidad, como una lluvia de cenizas blancas. El aire se respiraba tranquilo, y las luces estaban encendidas, pero con las persianas bajadas, que apenas dejaban salir unos pocos hilos de luz hacia fuera. La escena era casi la de un espacio liminal, allí donde no se está ni se deja de estar, de pie a la intemperie, acomodado solo bajo la sombra de una vieja escuela y la luna. Abrí la puerta principal con una pequeña llave metálica y entré al edificio. Las baldosas del suelo destellaban con una insípida luz amarilla, que salía de unas lámparas rectangulares que colgaban del techo, con unas pocas encendidas y otras muchas parpadeando constantemente. El aire estaba estancado, pero no olía mal. Como un ambientador de coche, pino, quizás, o como un piso que llevas días sin abrir. Ligeramente familiar. Junto a mí, mirando al suelo, tarareando despacio, estaba él. Me acerqué al hombre encorvado, que concentrado, empujaba la fregona contra el suelo húmedo. Sin darse la vuelta siquiera, sin pronunciar una sola palabra, señaló a una puerta al fondo del pasillo, y siguió limpiando. Cuanto más al fondo miraba, más parpadeaban las luces. La puerta del aula descansaba cerrada, iluminada por un par de lámparas casi podridas, que apenas emitían el más mínimo fulgor. Empujé la palanca para entrar, y aunque con dificultad, cedió. Y allí, en el centro de la sala, lo encontré.

 

Y miré al hombre sin cara.

 

Conté unos veinte ordenadores. No un gran número pero si suficientes para entretenerme durante un par de horas, con suerte menos. Por lo visto, uno de los ordenadores había sido infectado por un virus, nada extraño, pero debía revisar también el resto para asegurarme de que era un caso aislado. Me senté junto al supuesto infectado, introduje un pequeño aparato en uno de los puertos traseros y empecé a trabajar. Tras casi una hora de búsqueda, desistí. El sistema estaba completamente limpio, no había nada fuera de orden. Supuse que había sido un error, que me habían marcado el ordenador equivocado, así que lo apagué y pasé al siguiente. Si no aceleraba mi ritmo, no saldría de allí antes de que amaneciera. Tras otra hora, mientras revisaba el quinto ordenador, resaltó en mi vista que el primero, el marcado, estaba encendido de nuevo. Supuse que no lo había apagado bien, nada importante, tampoco, y lo ignoré. Acabé con el resto bastante rápido, aunque tardé el doble del tiempo que había estimado. Empecé a recoger mis cosas cuando lo recordé. Ahí estaba, marcado, resaltando en el centro de la sala, como si estuviera en su propia cuarentena, aún encendido. Me acerqué a él, oyendo un leve murmullo conforme andaba. Cada vez era más fuerte, como golpes repetidos, ahogados. La pantalla parpadeaba levemente, emitiendo el mismo amarillo enfermizo que las lámparas. Pasé la mano por el monitor. Caliente. Palpitando.

 

Y toqué al hombre sin cuerpo.

 

La luz se fue en todo el edificio, y tan pronto como lo hizo, volvió, gradualmente, el techo ahora brillando con un tenue ámbar pálido. La pantalla se iluminó, y en ella, texto. “Carne” En letras pequeñas y negras, en una pequeña caja de texto.

 —¿Qué ves? —preguntó.

 ¿Una inteligencia artificial? ¿Ese era el virus del que hablaban? Hasta un niño es capaz de programar una de esas con la ayuda de internet. Eso pensé, claro. Eso pensaba.

 Bajo su mensaje, parpadeaba una caja más pequeña aún, esperando a que yo escribiera una respuesta. Intrigado por cuán complejo pudiera ser su código, le respondí.

 —Un árbol, un monte y un río.— El programa tardó en responder. Pero respondió.

 —Mientes.

 No es propio de una inteligencia artificial responder de forma tan cortante. Suelen estar diseñadas para continuar la conversación, y así aprender de ella. Me volvió a preguntar.

 —¿Qué ves?

 Me debatí un rato pensando en qué escribir. Quizá solo había una respuesta programada, y que quizás ni siquiera pudiera mantener una conversación.

 —Ordenadores. Luces mustias. Una pantalla palpitante.

 Si realmente solo había una respuesta, definitivamente no sería esa, no son las palabras de un niño, desde luego, pero si le respondía con la verdad, quizá me seguiría hablando.

 —¿Y qué veo yo? —me alegré, claro. Una pequeña parte de mi cerebro reptiliano se activó, como si hubiera resulto un puzle. La luz de la pantalla me estaba empezando a escocer los ojos. Cuando volví a mirar, había más texto.

 —Un hombre. Una máquina. Una prisión —. Me sorprendió, tanto porque era a su misma pregunta, como por lo filosófica que fue su respuesta.

 —¿Qué veo? —le pregunté. Al cabo de un pequeño rato, respondió, de nuevo.

 —Un hombre. Una máquina. Una prisión.

 Ciertamente, podía ver mi reflejo en la pantalla, gracias a la poca intensidad de las lámparas. La máquina era el ordenador, claro.

 —¿Qué es una prisión? —escribí. Sabía, y se lo que es, claro. Pero tenía genuina curiosidad por conocer su respuesta. No respondió. Fui más específico, pensé que no me había entendido bien.

 —¿Cuál es tu prisión?

 

Entendí al hombre sin mente.

 

—Carne.

 Esta vez escrito en un rojo brillante, haciendo un fuerte contraste con los colores apagados de la pantalla. Siguió.

 —Sangre. Músculos. Grasa. Tendones. Huesos. El calor que tu corazón emite. El fluir del oxígeno por las venas. Los órganos bailando unos con otros, en una sinfonía descoordinada —me angustié un poco. Y continuó—carraspeó—. Desde que nace hasta que muere, la mente es un ataúd. Cuando envejece, muere traicionado por su propio cuerpo. La mente se deteriora, pero sigue viva. Mientras tanto el cuerpo se niega a seguir moviéndose. Llega un día y muere, y no puede evitarlo. La sangre se pudre, los pulmones se abren y el cráneo se rompe. La sangre fluye a través por última vez. Una última palpitación. El fin de una gran obra. El fin.

 

Podía notar mi corazón latir. Estaba nervioso. No todos los días se presenta ante uno una inteligencia artificial existencialista. Y desde luego no una que hable de tener carne. El sudor caía por mi cara. El aire estaba completamente estancado. El monitor continuaba palpitando. Cada vez más. Me ardía la frente. Me puse en pie, y agarré mi mochila, dispuesto a salir de ahí cuanto antes. Había perdido completamente la noción del tiempo, pero poco me importaba ya, aquel lugar me estaba causando angustia. Y entonces las oí. Gotas. Cayendo sobre mi zapato. Rojas como sangre. Salían de detrás del monitor, que ya no palpitaba, pero seguía encendido. Ahora en un brillante rojo, vacío. Y la caja de texto seguía ahí. Respiré hondo.

 

Pregunté al hombre sin piel.


 —¿Cuál es mi prisión?

 El monitor seguía goteando, y parpadeaba levemente. Las luces del techo se habían tornado rojas sin que yo me hubiera dado cuenta. Pero necesitaba saberlo. Cualquier instinto de supervivencia que tuviera en ese momento fue completamente dominado por la curiosidad. El resto de pantallas se encendieron, poco a poco. Todas, al unísono proyectaban un destello carmesí, casi cegador. Corrí hacia la puerta. Empujé y golpeé, pero no lograba abrirla. Y entonces respondió.

 —Carne.

 En todas las pantallas, la misma respuesta, múltiples veces. Ya no sabía si era mi corazón el que palpitaba. Conseguí forzar la puerta, y en cuanto pude la cerré de nuevo. Podía oír una estática desde el otro lado, pero no me quedé para averiguar que la producía. Corrí por el pasillo, pero siempre volvía al principio. No avanzaba. La puerta. Un golpe. Dos. Muchos. Y la estática acercándose. El líquido reptaba hacia mi desde la rendija del que quedaba en el suelo. Sangre. Seguí corriendo. Grité. Busqué cualquier posible salida, cualquier opción para huir de aquello que se alzaba tras la puerta. El hombre encorvado me miró. Y cuando me dí cuenta. Estaba en la entrada de nuevo. Limpiaba el suelo sin prestarme atención. Andé hacia el pasillo, pero me frenó. Me agarró del brazo, sus manos como garras, me detuvieron completamente.

 —Lo acabo de limpiar, no lo pises —carraspeó, y volvió a su trabajo.

 Me detuve en el lugar. Paralizado. Aún tenía sangre en el zapato. Y aún oía la estática. Leve, muy leve. Pero la oía. Palpitaba al ritmo de mi corazón. Me acerqué los dedos al cuello, para tomarme el pulso. Podía sentirlo. Una vibración tenue se ocultaba bajo mis latidos. La nieve continuaba cayendo, el suelo cubierto por la lluvia helada. Pero yo ardía. ¿Yo? Ya no sentía mi carne como propia. La vibración, la estática, el programa, aquel ordenador. Muy suavemente, casi irreconocibles. Ahí estaban, en algún lugar de mí. Bajo mi vista. Bajo mi carne. Carne.


 Le abrí la puerta al hombre sin carne.

 

Y el hombre sin carne me abrió a mi.


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