La esquirla infinita
Se alzaba ante mi con una totalidad imponente. Placas sobre placas de metal, miles de ellas, colocadas una encima de otra, en total discordancia. Sin seguir ningún tipo de patrón ni haciendo caso a ninguna regla escrita, partiendo el cielo por la mitad solo con su reflejo. Y sobre las nubes se seguía extendiendo, y más allá de donde alcanza la vista continuaba la torre. Llamarlo un rascacielos no haría justicia a la esquirla infinita, lo rompía, atravesaba las estrellas y las quebraba desde dentro. Un Babel terminado, una torre negra.
Una escalera sin final.
No me sentía invitado a entrar. Estaba invadiendo un lugar al que no pertenecía, y era completamente consciente de ello. Las escaleras se erigían hacia arriba, siguiendo un patrón rectangular, rodeando el gigantesco vacío que había en el centro de la sala. Un enorme vidrio rojo separaba el mis pies de la nada absoluta, y reflejaba la luz que entraba por los grandes ventanales a los lados de las escaleras. Estas estaban esculpidas en piedra negra, y hacían parecer como si los escalones estuvieran clavados en el muro. Al principio dudé de lo que estaba haciendo, pero no duró mucho. El horizonte vertical que se extendía sobre mi cabeza encerraba algo que no era capaz de comprender.
Así que empecé a subir.
Cada piso estaba marcado con un número pintado en blanco sobre la pared oscura. Al principio me servían para guiarme un poco, pero al final decidí dejar de prestarles atención, porque si no la subida se me haría eterna. No había nada en ninguno de los pisos. Salas conectadas unas con otras, marcos sin puerta y puertas sin llave. El único camino era seguir subiendo. Bajar ni siquiera era una opción llegado cierto punto. El suelo te veía tan distante como el techo. El cristal rojo que protegía las escaleras del vacío era poco más que un charco sangriento. Un destello carmesí salido de las lentes de fuego que adornaban los muros metálicos. Los escalones arañaban la piel y la pared se cerraba, muy poco a poco, hacia la escalera.
Y entonces cayó el primero.
No lo vi, claro, pero oí el cristal desplomarse hacia la oscuridad. Un peldaño. Dos. Silbaban al impactar con el aire mientras se desprendían de la pared. Pero nunca tocaban el suelo. Solo caían. Al cabo de unos minutos, miles de zumbidos ocupaban la torre. Corrí. Corrí como nunca he corrido, y como espero no tener que correr nunca más. Aún no podía verlos caer, pero sabía que no me quedaría mucho tiempo hasta que me alcanzasen, podía sentir como me perseguían, como me buscaban, como a cada paso que daba, caían tres, cuatro, diez. El suelo vibraba y las paredes se cerraban cada vez más. Subía y subía y se cernían sobre mí. Cuanto más silbaba el aire menos tardaban en torcerse, hasta que llegado un punto, tenía que gatear para avanzar. El aire tronaba, y no podía avanzar más. El camino había quedado completamente bloqueado por la pared que tenía delante. Sin salida. Los escalones seguían cayendo, y cada vez más cerca y más rápido. Y entonces rompieron las ventanas. Pero no había fragmentos.
Solo el eco.
Y estalló algo. Quizá fueron mis oídos, o quizá el propio aire. Ya no caían más escalones, y las paredes se habían replegado. La roja luz que antes tintaba el ambiente había desaparecido, y los gigantescos ventanales por los que salía eran ahora portales a las nubes. No sabía cuánto había subido, desde luego no lo suficiente para alcanzarlas, pero ahí estaban. Negras. Pacientes. Rodeando la calma que ahora reinaba en la escalinata. Los números ya no eran reconocibles. No estaban en ningún idioma que conociese, y se cubrían zonas gigantescas del muro, imponiendo su misterioso valor ante mí. Lo que antes era una niebla difusa que cubría lo que quedaba debajo de mis pies se convirtió en el vacío más oscuro. Una capa de cenizas cubría los escalones que ya no había, y los que quedaban sobre mí me llamaban con prisa. No podía esperarme a que volvieran a silbar, así que seguí subiendo. Y andé, sin sentir cansancio, hambre o sed.
Durante horas.
Cada piso estaba más vacío que el anterior. Había más salas, más habitaciones, más puertas, pero podía sentirlo. Cuanto más buscaba, más encontraba. Estancias que ya había visitado cambiaban completamente de aspecto cuando me atrevía siquiera a pestañear los ojos. No había ni una sola mota de polvo. Ni un rastro de suciedad. Sentía como si estuviera profanando la pureza de aquellos lugares efímeros. Cada segundo, una nueva visita a aquel infierno no euclídeo, una nueva perspectiva del mismo suelo que tenía bajo mis pies. Pero cuanto más tiempo pasaba ahí dentro, más fuerte me llamaban. El grito de la ascensión, de aquello que se encontrara en la cima, de lo que fuera que coronaba aquellos silbidos infinitos.
Una puerta.
Otra puerta. Sin llave. Me alarmé. No había recorrido tal camino para darme la vuelta y volver a la entrada. No podía bajar. La mitad de los peldaños estaban ahora en un pozo sin fondo, y saltar al vacío no parecía la mejor de las ideas. Pero ahí estaba, cerrada. Firme. Estoica. Y me desplomé ante ella. No podía seguir. No tenía a donde mirar. Las escaleras se habían terminado y la torre seguía. Se extendía. Crecía. Podía sentirla palpitar. Y entonces me alcanzaron. El hambre. La sed. El cansancio. Un dolor profundo, que fluía por mi cuerpo junto con mi sangre. Que llegaba a cada punto de mí y pinchaba y removía.
Caí.
Me desplomé hacia el vacío, silbando igual que lo hacían los peldaños. Con la misma rabia. Recuerdo poder tocar el aire con las manos. Recuerdo como la ceniza que quedaba de aquello que fueron una vez escalones, rodeando mi aliento conforme descendía por el vacío. Los huesos me dolían, pero no podía moverlos. El estómago me rugía, pero no podía comer. Mi garganta estaba seca, pero no podía beber. Solo caía. Un vacío intermitente, inundado de cristales encendidos por una luz carmesí. Una luz que salía de un reflejo del pasado de un sol que ya no estaba en unos muros que ya no iluminaba. Y a través de ellos, podía verla. La puerta. Cerrada. Y abierta, a la vez. Como las salas, cambiando cada segundo.
Desperté. En silencio.
La puerta seguía ahí. Cerrada. Enmarcada por los reflejos de una luz que había caído. Cerré los ojos, y la crucé. Las escaleras quedaron tras de mí, ocultas bajo la ceniza que flotaba en aquel lugar. El viento rugía sobre las nubes, y la oscuridad reinaba allí donde el sol que ya no estaba había brillado siempre. Y junto a las estrellas, un hombre. Las miraba con admiración, cambiando rápidamente el ángulo de su telescopio mientras comprobaba unas notas que llevaba sujetas en su cinturón.
—Discúlpame. Creo que olvidé cerrar la puerta.—aclaró el hombre, mientras cerraba su artilugio. —Ya que has llegado tan lejos, al menos ven y disfruta del cielo, del cielo de verdad, aunque sea una única vez.
Y ante mí y junto al hombre se mostraba tras la noche un firmamento negro. Las estrellas se movían, pulsaban junto a la oscuridad, como las venas de un corazón. Negro y vivo. Caían. Silbaban.
—No los mires mucho, a no ser que quieras que miren de vuelta.—
Y él llevaba razón. Allí de donde habían caído las estrellas ahora quedaban pequeños puntos, cerraduras en el cielo. Ojos. Todos me miraban, como un enjambre. Sentí la presión de la ceniza caer sobre mis hombros mientras me arrastraba para huir de aquel horror cósmico.
—Nadie escapa del umbral.—se acercó a la puerta y la atravesó, cerrándola tras de si.
Tendido en el suelo. Mi cuerpo. Evitando sus miradas, las miles de pupilas verticales que se cernían sobre mi, peleando de forma violenta unas con otras intentando ocupar un pedazo de mi mente. Me levanté, pero la puerta no cedía. No podía huir. Los ojos se acercaban y las estrellas seguían cayendo. La ceniza se acumulaba. Un alarido. El viento.
Silbé.
Y ante mí estaba de nuevo. El edificio sin final. La torre sin sol. El cielo sin cenizas.
Y una puerta cerrada.
Buenas, no se si os acordais de el video de la merluza gitana, lo digo por si podrias pasar el video/enlace del video porque lo llevo buscando un rato y no lo encuentro.
ResponderEliminar