Lirios de ceniza

Sus ojos apuntaban hacia el cielo, mientras yacía tumbado sobre las flores. Las nubes flotaban sobre un mar de destellos grises y amarillos. Se respiraba un aire húmedo, un pantano estancado sobre un campo de lirios. El Explorador yacía junto a ella, aplastando las hojas, blancas y delicadas, sujetadas con firmeza por tallos verdes y finos. El cielo la llamaba como una tormenta de latón, una calma perpetua pero un ruido incesante. Un pequeño murmullo metálico que venía de allí arriba, en todas las direcciones y hacia ninguna. Tenía las palmas de las manos quemadas, pero a diferencia de él, su ropa parecía estar en perfecto estado.

—La Tinta está muerta—suspiró—. No podemos continuar sin ella.

El hombre se apoyó sobre el suelo y se levantó. Vestía una túnica de tela fina, llena de agujeros, intentando ocultar una chaqueta de piel descolorida y unos pantalones manchados por lo que parecía ser hollín. Recogió sus gafas del suelo y las limpió con su ropa, dejándolas ligeramente manchadas, pero libres de polvo. Los ojos del explorador estaban llenos de marcas, como cortes en las pupilas, pequeños e infinitos, que ofrecían a quien los mirase una visita a un lugar más allá del espacio. Su piel compartía las mismas fisuras, fragmentos de tiempo incrustados en su piel. Los colores oscuros se mezclaban con las ojeras y los moratones, creando un espectro oscuro de lo que algún día fue el Explorador. Miró a la chica que le hablaba, desorientado. Asentía sin entender lo que le estaba diciendo.


Pero lo sabía. 


La Tinta estaba muerta. Le habían dado caza. Y quizá las preocupaciones de la Hoguera estaban fundadas. Ella era la única que podía guiarlos por el campo de flores. Y ya no estaba entre ellos. Los recuerdos del Explorador retumbaban difusos en su cabeza. Una persecución, una cueva. Sangre y un sacrificio, uno sin muerte. Solo sangre. Un cuerpo vacío, seco. Un enfrentamiento, el principio de un final. Una historia sin terminar. Les habían encontrado. Y ahora estaban perdidos en el campo de flores. Un valle infinito situado bajo un océano de estrellas turbulentas. Se miraron entre sí. La cara del Explorador rezumaba pena, pero no expresaba el dolor del duelo, sino la miseria de la pérdida. De entre sus dedos no resbalaba la tinta, sino que se escapaba la única agua capaz de saciar su sed de conocimiento.


—Tenemos que continuar, Tian.


Ella le miró con recelo. Nadie la llamaba por aquel que fue una vez su nombre.  


—No menciones a aquellos que ya no caminan entre nosotros, Explorador.


—Pese a tus palabras, llamas a la Tinta. Hemos de seguir. Si no tenemos un camino marcado, labraremos nosotros uno. No hay opción, Hoguera, una vez cruzas la puerta, quedas atrapada en el campo de flores—tosió, manchando de sangre los pétalos de los lirios más cercanos—. O la salida te encuentra, o mueres. 


 Otra vez.


Y ya no estaban juntos. El lapso de tiempo entre el antes y el ahora había caído en el olvido. Caminaban rutas distintas, buscando una misma salida. Pero allí la salida te busca a ti. La Hoguera recordaba las palabras del Explorador, rebuscando una flor distinta a las demás. Rozaba los pétalos con las manos mientras miraba al horizonte infinito. Las nubes se formaban del propio aire y se tornaban amarillas y angustiosas en el cielo. Se mezclaban unas y otras, arrancándose trozos y ofreciéndoselos al firmamento, desvaneciéndose en polvo cada pocos minutos. La lluvia no caía pero las gotas la mojaban. Y no era el cielo el que se precipitaba, pues al bajar la vista veía sus pies inundados por el aire, lejos de la tierra. Y aún así oía las gotas de aquello que no se precipitaba chocar contra el suelo. Por encima de las nubes de latón, el ruido era más fuerte, pero la calma persistía. Como el piar de un pájaro de hojalata, sumergido en la tormenta serena. El ámbar poblaba la ciudad sobre los ríos, un sin fin de brillos desprendidos por cada sol sobre las estrellas. Luz. Demasiada luz. 


Ardían los ojos de la Hoguera.


Ciega. La ceniza que ella segó un día caía ahora por sus córneas, fundidas en ascuas sobre la piel. El polvo y el vapor la atraparon mientras se acercaba al suelo. Se arrastraba por el suelo negando la ausencia de un camino. Se palpaba la cara en busca de aquello que ya no estaba. Ya no podía ver. Al menos no como antes. Las flores se retorcían sobre la Hoguera, zarzas blancas sobre un cuerpo que carecía de rumbo. Atrapada contra el suelo, forzada por las plantas a mirar al cielo sin ojos. Penumbra. El carbón caía de cara como lágrimas endurecidas, lamentando haber perdido lo que se le había quitado. Pero aún veía. Una nueva perspectiva. Aquello que antes era un mar de nubes turbulentas se definía en la distancia como un río de hilos de cristal. 


El tiempo en una gota.


Aquello que no caía no era lluvia. Lo que chocaba contra el suelo naciendo del mismo era tiempo. Los segundos que pasaban. Cada uno, una minúscula explosión de vidrio sobre los pétalos. Como el rocío que las permea, los minutos se deslizaban entre las hojas, chocando entre si con una gracia hostil. Y las horas surcaban los cielos, entumecidas ante los choques, fragmentadas pero nunca rotas. Y ella misma era tiempo. Las manecillas que palpitaban su sangre se movían con rapidez, una prisa alarmante esperando al fin de los días. Cada vez más rápido y cada vez más cerca. Repatriada a un nuevo hogar, olvidando todo lo visto para dar cobijo a todo aquello que quedaba por ver. 


Las flores se abrían.


El Explorador se despertó de nuevo en el suelo. El letargo en el campo de las flores le causaba una sensación familiar. El cielo le miraba entre telas de tiempo. Hilos que se extendían desde el principio hasta el final, todos rasgados múltiples veces. Su reloj giraba hasta el cansancio, y lo golpeaba exhausto hacia el suelo. Le quedaban pocos días. Se levantó y miró. Las flores estaban marchitas bajo sus pupilas, muertas desde hace eones. Caminó por el valle de Atila, sus pies pisando la hierba muerta que aún crecía. La muerte en sus manos que aún vagaban en busca de una salida que sabía que no existía. Al menos no para él. 


Buscó el abismo.

Los ojos que brotaban del horizonte lo miraban desde la distancia. Siempre estaban ahí. A través del tiempo le observaban. Con hambre, pero sin dientes. Estrellas negras y pacientes ancladas al firmamento. Con sed pero sin garganta. Nada nuevo. Llevaba años siendo observado por ellos. Cada uno lo seguía con desdén. Un aire de superioridad emanaba de ellos. Quizás fuera indiferencia. Flotó la incógnita en el aire. Y se desvaneció con el tiempo.

Se extendían por todos lados, en todas direcciones. Menos abajo.


Solo había uno.

El único ojo que no le miraba, más grande que ningún otro. Y se sentía mucho, mucho más lejano. Una estrella distinta en un horizonte más allá de su perspectiva. Su campo de visión reducido apenas le permitía sentir su influencia. Pero ahí estaba. A una distancia infinita. Buscando algo que no era él. Su pupila dilatada en otras muchas, un iris que se dividía y se juntaba, colores negros y blandos de una concepción distinta a la humana. El final. Bajo sus pies se encontraba el último augurio de la existencia del mundo. O quizás otro de los muchos intentos de un evento cataclísmico. Se mareó y cayó al suelo. Otro sueño, de nuevo. Forzado a dormir por su reloj acelerado. Una fatiga atemporal.

Descansaba en el espacio más allá de las estrellas.


Despertó junto a ella, y ella se encontró junto a él. Ante ellos, una puerta estrecha y alta. El final. La chica sonrió, aún ciega pero con una nueva forma de ver el mundo, y con un camino delante suya. El Explorador sonrió, pues sabía que volvería a morir. Ella se acercó a la puerta, esperando a que él se levantara. Pero no lo hizo.


—Marcha, Tian—dijo el hombre, estirando sus brazos tras su espalda, y mirando al cielo—. Vete y descubre como acaba el mundo. Mi final está aquí, así como lo estará el tuyo algún día.


—¿Explorador? ¿De qué hablas?


—Ya no te arden las manos, Tian. Ya no eres la Hoguera. 


El Explorador estaba en lo cierto. Sus manos habían recuperado el color, ahora adornadas con finos cortes oscuros, similares a los del hombre, pero más pequeños. 


—No lo entiendo, Explorador—dijo ella, llena de pena—. Por favor, vámonos.


La ignoró, manteniendo su vista entre los destellos del cielo.


—¿Cómo moriste la primera vez, Tian?

La angustia la invadió. El fuego se esparció por su mente. Llamas apagadas de carbón que ardió una vez en ella. El hierro y el acero chocando, calor y frío a partes iguales, el cesar de los latidos de un corazón que ya no le pertenecía, ahora marcado con un reloj de manecillas podridas.


—El tren. Aquel tren. El mismo tren donde nos conocimos. Aún no sabía ni que había muerto.  


—¿Cómo moriste la última vez, Hoguera?


La chica sintió aquel nombre atravesarla en vano. Ya no le pertenecía. Vagaba ahora por el jardín del fin del mundo, carente de identidad, carente de tiempo. 


—Al llegar aquí. Al cruzar la puerta al valle.


—Pues marcha. Lárgate y vive, Tian. Y el día que la curiosidad te consuma, vuelve, y muere.


El explorador abrió la puerta, dejando pasar la tundra hacia el valle. El frío calaba sus huesos y helaba los minutos de su sangre. Después de un cálido abrazo, la chica se despidió. Caían lágrimas de carbón. 


Y cruzó el umbral, dejando detrás una estela de polvo y nieve, desapareció con un destello helado que inundó el campo.


El explorador se sentó junto a la puerta, con los ojos abiertos y llenos de llantos de agua.


Las nubes se descomponían en ascuas y hollín, lloviendo en grises y negros sobre las flores. 


Lirios de ceniza.

Y el ojo del fin del horizonte estalló. Y aquellos que lo miraban crecieron dientes. Pero no comieron, el hambre había pasado, el frío y la muerte tomaban ahora la esencia del valle.


Hablaron.


Habló.


El umbral.


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