Quebrado

 Podía sentir la humedad al palpar la carne con la yemas de sus dedos. Asió con la mano un mango de madera, podía sentir como las astillas se le clavaban, pero el calor de sus manos parecía hacerlas desaparecer tan pronto como entraban en contacto con su piel. Levantó el brazo derecho, y yo le seguí. Y cortó. Pude sentir como el utensilio chocaba contra el hueso, para, con otro golpe, penetrarlo completamente. Limpió lo que asumí que era un cuchillo con su otra mano y lo dejó junto a la carne, o quizás lo tiró al suelo. Empezó a gesticular, y entendí que estaba hablando con alguien. Parecía enfadado, es sorprendente lo mucho que puedes descubrir de una persona basándote solo con su expresión corporal. 

Paró en seco, y palpó sus propias manos. Se tocó los dedos, las uñas, se pellizcó con tanta fuerza que me saltó una lágrima del dolor. Se empezaron a calentar. Rápidamente. Podía sentir como me abrasaba la piel con más intensidad cada segundo que pasaba. Alcanzó su brazo izquierdo con la mano derecha y entonces lo sentí. Aunque yo solo estaba presionando mis dedos contra la piel, el los había hundido bajo la carne. Torció su palma alrededor del hueso, con delicadeza, y entonces tiró. 


El frío reinaba dentro del congelador, evitando que la carne se descompusiera, y helando también a cualquiera que entrase sin la protección necesaria. Más de uno de mis compañeros había caído enfermo por pasar un cuarto de hora removiendo carne en pantalones cortos, y mentiría si dijera que yo soy alguna excepción. El jefe, al contrario que nosotros, siempre entraba protegido ahí dentro. Estuviéramos o no en invierno, el jefe dejaba un abrigo junto a la entrada. Por supuesto, era de uso exclusivo para él, pese a que nunca se lo pusiera. Así que durante los meses de calor, nos veíamos condenados a abrir la puerta de la cámara de frío, mirando reacios a la chaqueta de lana que tan bien nos vendría. Esto desde luego no ayudaba a mejorar la relación que ya teníamos con él, que apenas se pasaba por la tienda, y cuando lo hacía, nos gritaba un rato sobre nuestra incompetencia para más marcharse poco después. 


Nunca había mucha gente en la carnicería. Como el establecimiento estaba apartado del centro de la ciudad, nunca estaba muy concurrido, pero por suerte venía la suficiente gente como para que fuera rentable. No me pagaban mucho, tampoco, pero funcionaba perfectamente como un trabajo a media jornada mientras estudiaba en la universidad. Es irónico que aquello a lo que entré para poder seguir estudiando me acabó forzando a dejarla.


Como los clientes eran pocos, mis compañeros y yo encontramos varias formas de pasar el rato. Es cierto lo que dicen, que trabajando en lugares así uno se insensibiliza, ver a tantos animales muertos, incluso algún que otro vivo, despedazados, abiertos en canal y con la tripas escupiendo sangre aún varias horas después de su muerte. Los he visto golpear conejos hasta matarlos, patear a gallinas hasta que no les quedasen plumas, hasta cortarle la cabeza a un pavo que aún estaba vivo. No participaba en esto, me parecía demasiado duro, pero tampoco apartaba la vista. Hay algo profundo en el subconsciente, más allá de la curiosidad, que me llamaba a ver esas escenas. ¿Sabías que puedes ponerle a un cerdo encima unas seis veces su propio peso antes de que sus piernas se partan? 


El pobre animal lloraba al ver como le iban atando las bolsas de carne congelada encima del torso. El congelador estaba prácticamente insonorizado, así que por mucho que gritaba, al mostrador apenas llegaron un par de quejidos. El ruido que hace un hueso al quebrar es diferente al que hace cuando lo partes con un cuchillo. Este último es rápido y preciso, y hasta se respira un cierto aire de nobleza si eres capaz de hacerlo con habilidad. El primero es una experiencia completamente distinta. Hay dolor. Mucho dolor. No es fácil reconocer la diferencia, pero si te concentras, puedes oír como la carne se desgarra junto al hueso, y como la sangre fluye a través de ella, meciendo los fragmentos resultantes por las venas, cortándolas poco a poco desde dentro. La sangre acabó saliendo por la boca de la criatura, ya que la fractura fue interna. Ayudé a guardar la carne que pusieron sobre él, y ahí estaba el pobre cerdo, en el suelo, aplastado, roto. Vivo. Me tocó a mí ponerle fin a su vida. Agarré uno de los aturdidores de la mesa que había junto a la entrada del congelador. Coloqué la pequeña pistola metálica frente a su cabeza, y cruzó su mirada con la mía. Sus ojos estaban cubiertos de sangre, dolor, y miedo. Accioné el gatillo y el pequeño pistón salió disparado, penetrando el cráneo del cerdo, y acabando el infierno que acababa de vivir. Me tomé el resto del día libre. 


Cuando volví, a la mañana siguiente, el jefe estaba ahí, cabreado como de costumbre. Por lo visto alguien se había llevado los guantes que usábamos, así que nos quería obligar a comprar unos nuevos, puesto que él se negaba a responsabilizarse del robo. Cuando se marchó, mis compañeros me cedieron el turno, y me quedé solo en la tienda. Poco tardé en darme cuenta, mientras fregaba el suelo tras el mostrador, que había un hombre esperando, sentado en una esquina, con un recibo en la mano mientras sostenía un periódico con la otra. Llamé su atención, golpeando su pierna suavemente con el palo de la fregona. El hombre no reaccionó, pero poco después guardó su lectura y se levantó junto al mostrador. Sin decir una palabra, me acercó el recibo. El hombre no era muy alto, tenía muchas canas, a pesar de que no pareciera tener más de cuarenta años. Cuando le dí su pedido, pagó, y junto al dinero me pasó su periódico.


—Un regalo.—sonrió, agarró el pequeño paquete y se marchó, dejando tras de sí una brisa de aire caliente. 


Envuelto en el papel, un par de guantes de cuero, con unas iniciales marcadas en ellos. “E”.

Parecían artesanales, de mucha mejor calidad que los que usábamos nosotros en el trabajo, y aunque me inspiraron un poco de desconfianza, eran una mejor alternativa a comprar unos nuevos. Revisé el periódico, parecía antiguo, pues las páginas resaltaban con un color amarillento. Varias de ellas parecían estar chamuscadas, y rezumaban la misma calidez que había dejado el hombre. Y empezó a oler a humo. Al principio se lo atribuí al papel quemado, pero tardé poco en darme cuenta que los guantes estaban en ardiendo. Una llama pequeña salía de su interior, así que mi primer pensamiento fue sumergirlos en el fregadero que había tras de mi. El fuego se extinguió, pero la tela seguía caliente, incluso después de dejarlos bajo el agua durante un rato. Agarré el abrigo del jefe, ya estaba suficientemente cabreado con él como para que me importase una reprimenda más, y entré en el congelador con los guantes, esperando que ahí dentro se enfriasen. 


Una vez dentro, la misma sensación me invadió. Algo más profundo que la curiosidad, mucho más oscuro, incapaz de ser ignorado. Mis manos heladas me llamaban para que me pusiera aquellos guantes. Emanaban calor, ignorando el ambiente helado en el que me encontraba. Me los puse, claro. Mi cuerpo no resistía el frío mucho mejor que mi mente resistía ese sentimiento. Sentí el calor invadir mi cuerpo, como si hubieran vuelto a prender una vez me los puse. Y entonces ya no sólo sentí mi cuerpo. Mis manos se empezaron a mover, y yo con ellas. 


Como un títere, sentía como imitaba los movimientos de alguien. Parecía estar abriendo una puerta, y lavándome las manos. No podía oponer ningún tipo de resistencia, mi cuerpo se movía sin que yo pudiera hacer nada, ni siquiera podía girar el cuello a voluntad. Tarde en comprender que quizá mis manos solo estaban replicando los actos de otra persona. Resultaba demasiado natural, demasiado familiar. Y entonces empecé a notar el tacto, la textura, e incluso la temperatura de aquello que parecía estar tocando. Posó las manos sobre un mango de madera, y lo sentí. Estaba frío, y en muy malas condiciones. Las astillas de los desperfectos se le clavaban en la mano, pero conforme lo hacían, parecían evaporarse. Alzó la mano, y con ella el mango, y entonces, con un golpe rápido, descendió, con una gran fuerza, sobre lo que reconocí como carne. El partir de un hueso, rápido y eficaz, con un gran cuchillo. Pero esta vez, carente de cualquier honor y limpieza. El corte fue preciso, pero violento. El hueso se cortó, pero también sentí la carne desgarrarse. Dejó el cuchillo junto a la carne y empezó a gesticular. Parecía enfadado. Sorprendido. Estaba hablando con alguien. Dejó de moverse. Entonces, lentamente, alzó su mano alrededor de su cuello, y lo toqué.


El cuello de la chaqueta del jefe.


Se registró sus propias manos, tocándolas con suavidad, y de forma súbita se pellizcó. Sentí dolor. Tanto que pensé que me había hecho sangre, pero podía ver los guantes, completamente secos. Empezaron a arder. No por fuera, pero por dentro, sentía el calor del fuego permear toda mi piel. Pero estaban fríos, lo notaba. No había ningún fuego, pero mis manos estaban abrasadas. Entonces, levantó la mano derecha, y lentamente, alcanzó al brazo izquierdo. Y entonces la hundió. Pese a que yo solo veía mis dedos presionar fuertemente sobre mi piel, lo sentí. Sus manos habían entrado en la carne. Prensó su palma alrededor del hueso, con delicadeza.  Y tiró. 


Mi mano se quedo paralizada a pocos centímetros de mi cara, agarrando el aire. Pero no era eso lo que cogían. Podía notar como se había sacado el hueso del brazo. Grité. Grité como un loco. Tanto que mis cuerdas vocales ardían. Dejó el hueso colgando y con la misma mano agarró la rodilla derecha. Con un leve gesto, sacó el ligamento hacia atrás, y con el mismo movimiento, prensó el fémur hasta romperlo. El congelador estaba insonorizado, lo cual escondía a la carnicería del infierno que estaba ocurriendo allí dentro. Podía ver mi pierna perfectamente, sin el más mínimo atisbo de fractura, pero el dolor estaba ahí. Agonía pura. 


Recuerdo cuando se sentó en el suelo, la piel chamuscada haciendo contacto con el duro hielo, y recolocó el brazo izquierdo en su sitio. Esperanza. Pensé que ya se había acabado, que ya no quedaban más actos en aquel espectáculo macabro. Crujió los tendones de las dos manos y se estiró con cuidado. El final. Y giró. Arqueó la espalda hacia atrás, y pude sentir, poco a poco, cada una de mis vértebras reventar como pompas de cristal chocando unas con otras. Carne y hueso prensados sin un descanso para agonizar.


El tiempo se había dilatado. Los segundos pasaban acompasados con la sangre que se derramaba. Una sangre que no era mía. Los minutos se frenaban con cada gota que impactaba con el suelo. Podía oír las manecillas de un reloj que no existía, rebobinando solo para prolongar mi sufrimiento. Mi percepción había quedado reducida a inyecciones de dolor canalizadas a través de un cuerpo que no era mío. Y nada más. El frío, el calor, el hambre y el cansancio habían sido remplazados por sentir como cada músculo reventaba. El cartílago deshilado. La muerte ante mis ojos, separada por capas de piel que no me pertenecían.


Me ardía todo el cuerpo, sentía como si me estuviera quemando vivo. Aquel congelador se había convertido en un horno. Una forja de amargura. Y seguía. Cada hueso. Aplastado. Partido. Roto. Y entonces paró. Paró lo que había sido para mí una nueva definición de dolor. Una nueva forma de tortura. Una angustia sin final.


Pero no había terminado.


Empezó a palpar el cráneo. El único hueso que quedaba intacto. Lloré las últimas lágrimas que me quedaban en los ojos. Había conseguido colapsar mi mente destruyendo su cuerpo. Pero no fue suficiente. Y empezó a hacer presión. Tormento. Tormento infinito. Noté como aplastaba la piel con fuerza. La atravesaba abrasando la carne. Y encontraba el hueso. Duro. Resistente. Pero no lo suficiente. Aplastó, sus manos contra mi cabeza, hormigón sobre calcio, presión absoluta. El fuego se dispersaba a través de cada nervio, impulsado por la fuerza de sus manos. Impuso su hueso sobre el mío Su piel, su sangre, su dolor. Ahora míos. Seguía empujando.


Y quebró.


Oí al hierro fluir. Y caí en la nada absoluta. El dolor había sido sustituido por una penumbra imponente. Podía oler el olor a quemado. El sabor a metal.

Oí al hierro chillar, destrozando mis oídos. Mi cuerpo dormido, y mi mente despierta. Un letargo sumido en la oscuridad. Calor. Frío. La temperatura luchando consigo misma, tratando de hervir aquello que descansaba muerto.

Oí al hierro llorar.


Mis compañeros me encontraron al día siguiente. Por suerte, la temperatura de la cámara había descendido drásticamente, así que no acabé congelado mientras yacía inconsciente toda la noche. Me llevaron al hospital, donde me dijeron que probablemente me había desmayado por el frío, ya que apenas llevaba protección dentro del congelador. Ni rastro de los guantes ni la chaqueta, claro. Cuando les dije que no sentía nada, me dijeron que quizá el frío hubiera atrofiado mis nervios, pero que en unos pocos días regresaría. Mentira. Las pesadillas de aquellos momentos plagaban mi mente. Apenas dormía, así que acabé dejando la universidad. Dejé también el trabajo, pero la carnicería tardó poco en cerrar. Por lo visto el jefe había desaparecido, y con él su viejo abrigo.


El dolor ya no es nada. Solo cuando duermo lo siento realmente. Tormento. Tormento absoluto en infinito. La presión. La carne. Los huesos. Partido, dividido, cortado. Como un horno a mil grados, mi cuerpo destrozado por el fuego. Atado a la muerte, cada noche cuando duermo. La sangre revuelta en mi boca, unida a mis lamentos. Quebrado, vacío, roto.


Como un cerdo.


 


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