Sal
Al principio solo había uno.
No hacía ruido. Y tan pronto como lo veía, se marchaba. Pero estaba ahí. Podía sentir su presencia detrás de la puerta. No proyectaba ninguna sombra, ni hacía ningún movimiento. Erguido. El aire lo rodeaba, dibujándose a su alrededor una estela de frío, invisible, helada.
Me miraba. Sus ojos estaban clavados en mí, su mirada atravesaba la madera y se clavaba en mi piel, como una lanza en la espalda de una ballena. Una nueva lanza, cada segundo que pasaba. Y cada vez que miraba, desaparecía. No se iba. Dejaba de existir. El aire volvía a fluir y su presencia se esfumaba al entrar en contacto con mis pupilas. Y en cuanto dejaba de buscarlo, volvía. Cuando parpadeaba, volvía. Un solo segundo. O una fracción de uno incluso. El ambiente se expandía con su existencia y se retraía al mirar, dejando solo un vacío gélido y polvoriento.
Entonces hubo otro.
Este no esperaba tras las puertas. Más distante, y más presente. Sonreía desde dentro de la pared. No detrás. Dentro. No importaba como de fina fuese. Reía desde el hormigón y el cemento. La arcilla calaba sus cuencas, cegándolo, manteniendo aquella mueca torcida. Las encías ennegrecidas por el hambre, la sed y las sombras. La garganta seca por el serrín, la piedra y el yeso. El hígado hinchado y el estómago vacío. La boca abierta y el silencio en sus palabras. El murmullo incesante que salía de sus adentros se adaptaba al ambiente. Siempre estaba de fondo, sin importar lo que hiciera yo para intentar silenciarlo. Delirio entre pared y pared. Ruido blanco.
Y entonces llegó un tercero.
Cantaba desde el suelo. Pronunciaba un idioma de palabras muertas, con sonidos extintos y significados desaparecidos. A diferencia del anterior, este solo se manifestaba cuando tocaba el suelo. Al pisar una de las tablas de madera que lo cubrían, esta vibraba un poco, acompañada de un suave tarareo. Si no me movía, el volumen aumentaba. A veces aumentaba tanto que lo único que me devolvía a la realidad era la sangre que goteaba de mis oídos. Por mucho que alzara la voz nunca gritaba. Siempre entonaba de forma amable, con tristeza y dolor en sus palabras. Entraban en mi cabeza y se quedaban ahí dentro. Retumbando. Como veneno. Cuanto más me hablaba más creía olvidar mi propia lengua. Me encontraba sentado junto a la cama, con un pie en el suelo y con la mente en otro tiempo. En otro lugar.
El cuarto apareció con la lluvia.
Solo saludaba. Definido por el agua, sujeto junto a mi ventana, o quizá flotando. Las gotas se dispersaban sobre su cuerpo, disolviéndose poco a poco a lo largo de sus músculos invisibles, corroídos por la melancolía. Agitaba su mano, alzada sobre la cabeza de forma frenética. Sus lágrimas intangibles se mezclaban con la lluvia, como un mar consumiendo un lago. No estaba saludando. Se ahogaba. Tosía. Se agitaba con frenesí, como si su pulmones se inundasen. Pero nunca estaban llenos. En silencio, moría una y otra vez, tocando el umbral entre el principio y el fin, pero nunca pasando al otro lado. Sufría. Pero no podía ayudarlo. Ya era demasiado tarde. Al menos gritaba en silencio. Sus lamentos callados no se mezclaban con sonidos de los otros espectros. Pero su presencia era suficiente. Cada vez llovía más. Cada vez venía más. Siempre junto al cristal, lamentándose bajo el agua. Colgando sobre la muerte, con una cuerda hecha de su propia piel.
El quinto vino solo una vez.
Colgaba de la lámpara que adorna el techo de mi habitación. Por muy grande que fuera, su peso no parecía tirar de ella hacia abajo. No parecía reaccionar a mi movimiento. Intenté moverlo con una escoba, pero el techo subía con él. Cuanto más alto subía, más se alejaba. La mirada vacía y los ojos postrados en el interruptor de la luz. Su expresión carecía de sentimiento. Cada minuto parecía causarle un poco más de pesar. Su respiración era casi inexistente. Inhalaba. Pasaba una hora. Exhalaba. Podía oírlo. Podía sentir la presión de la habitación cambiar con cada bocanada de aire. Un chillido singular surgía de mis oídos cuando tardaba demasiado en abrir su boca para tomar oxígeno de nuevo. Descubrí entonces su miedo. Angustia. Pánico. Mis dedos se acercaban al interruptor de la lámpara, que llevaba encendida casi dos días. No la había apagado antes por miedo a su reacción. Descubrirla solo me dió más ganas de tocar el pulsador. Cuando más cerca estaban mis yemas del plástico blanquecino, más se contorsionaba su mueca a lo largo de la cara. Una pena imposible. Horror lacrimoso. Desde lo alto del techo. Y con un pequeño chasquido artificial, se esfumó. Un fantasma aterrado.
El sexto ya estaba ahí.
Tardé unas dos semanas desde la aparición del primero en darme cuenta. Ya había llegado. Quizá no fue el sexto. Quizá estuvo ahí el tercero, o el quinto. Pero fue el sexto en entrar en contacto con mi percepción. La ausencia de sombra. Sin importar de donde viniera la luz, mi cuerpo no proyectaba nada. Y con cada mirada, menos sombras había. Ningún objeto en mi habitación tenía. Solo luz. Pasos. Muy rápidos. Por todos lados. Gateaba por las paredes y trepaba por el suelo. Buscando sombras. Las rasgaba con un dedo y las levantaba, para después, rápidamente, meterlas en su boca. Una alimaña translúcida. Apenas podía distinguirla de los muros blancos, identificándola solo por los destellos que desprendía, actuando igual que el sol cuando toca el lecho marino. Devoraba la oscuridad. Arrancaba con sus manos la profundidad de mi hogar.
El séptimo también era un ladrón.
Me miraba firmemente mientras paseaba alrededor de mi cama. Con cada una de sus pisadas, el tercero reaccionaba, pero parecía mucho más pacífico que de costumbre. Su melancolía había sido sustituida por pavor. La figura era casi tan alta como el techo, y su abrigo arrastraba tiras húmedas por el suelo, que dejaban un rastro mojado. Y desolado. El olor a sal impregnaba mi habitación. El hombre palpaba cada objeto. Y poco a poco, se los llevaba. Los levantaba lentamente, los analizaba, libro por libro, hoja por hoja. Levantaba un lado de su chaqueta y los metía dentro. Por mucho que se moviese, me miraba. Su cuello se giraba de manera inhumana, dejando claro que pese a su apariencia, no era una persona. Un espectro. Espectros de sal. Al cabo de unos días, lo único que me quedaba en toda la habitación eran mi cama y una pequeña campana que guardaba bajo ella. Nunca había pensado que vería a nadie levantar una mesa entera con una sola mano, para después guardársela en un bolsillo. Pero la cama era distinta. Mientras yo estuviese subido en ella, no podía llevársela. Pero si encontró la campana. No podía dejar que se la llevase, así que mientras la analizaba, se la quité de las manos. Sonrió. Miré en el reflejo del latón como se llevaba mi cama. Ya no podía huir del suelo. Ni del hormigón. Ni de la lluvia.
El primero esperaba desde detrás de la madera.
El segundo sonreía en el cemento.
El tercero anunciaba la muerte de un pueblo.
El cuarto se ahogaba en un mar infinito.
El quinto temía a la luz.
El sexto robaba las sombras.
Y el séptimo esperaba. Paciente.
El octavo llegó con el sonido de la campana.
El ruido metálico silenció la canción que inundaba mis sentidos. Mis oídos rezumaban sangre y mis ojos vibraban al compás de la ruina. Paz. Silencio. Por un momento, pensé que había terminado. Golpeó la puerta con fuerza. La pared. El cristal de la ventana. El techo. Todos se sacudieron con violencia. El séptimo miraba hacia los lados con un aire de preocupación, no con miedo. Pero lo tenía. Lo que para mi era asombro y confusión era para él era un espanto por llegar. El octavo entró, dejando tras de si pisadas cubiertas de sal, que se pegaban al suelo mojado .Era más alto aún, se tuvo que agachar para pasar por la puerta. Dejó junto a la entrada un gran montón de sal, y escudriñó la habitación. Golpeó un muro con fuerza, atravesando la pared, y sacando de ella más sal. Partió una tabla del suelo. Más sal. La ventana. La lámpara. La alimaña.
El séptimo.
El octavo se acercó hacia él, firme. Con un golpe directo a la cabeza, de él solo quedo sal. Una pequeña montaña de sal, cuyos granos se deslizaban sobre sí mismos, cubriendo poco a poco el suelo. Solo quedó su abrigo. El octavo me miró. Clavó su pupila en mi. Una sola. Como una lanza. Su sonrisa se ocultaba tras la mueca que ponía. Tarareando suavemente la nana de una cuna vacía. Con aire vacío a sus pies. Rodeado de una oscuridad imponente.
Mi sombra.
Agarró la chaqueta raída que descansaba sobre la sal y me la ofreció. La cogí, claro. Me venía como un anillo al dedo, incluso cuando el séptimo medía mucho más que yó.
Empezó a andar, arrastrando la sal que se quedaba pegada en sus botas.
—Nos vamos—carraspeó el octavo.
—¿A dónde?—pregunté.
—De caza.
Levantó la vista, mirando de reojo los montones de sal que ahora ocupaban mi habitación. Mi antigua habitación. Y marché, acompañado del espectro de aire salado. La llamada de la campana. El ojo de latón. El octavo.
De caza.
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