Al otro lado del bosque

 Ululó el viento mientras el hombre de un ojo sacudía su campana. Las vendas que le cubrían media cara se sacudían con el viento que salía de los árboles a su espalda, como una ventisca en miniatura que había salido de caza. Pequeños crujidos acompañados de fuertes pisadas, como un hueso que no hacía más que partirse y recomponerse, el crujir de las hojas secas en el suelo, y la mirada desde las sombras. Sus brazos se extendieron más allá de la penumbra, acercándose al pequeño fuego de la hoguera, y con un simple gesto, extinguieron el fuego que nos mantenía unidos. La campana tocó el suelo con suavidad, y aquellas manos esqueléticas agarraron a mi compañero. Iluminado únicamente por la luna, pude ver como lo levantaba en el aire y palpaba, para más tarde, mostrárselo a la luna. El viento dejó de incidir y el fuego volvió a arder.


No debimos haber sobrepasado el límite, pero él insistió. Entramos, claro. No tuvimos que saltar ninguna valla, ni atravesar ningún muro, ni siquiera escondernos de ningún guarda forestal que estuviera vigilando, no. Pero había un límite entre la zona en la que estábamos y el otro lado del bosque. Quizás un cambio en la temperatura, una textura diferente en el suelo o un color distinto en las hojas de los árboles, pero había una pared separando aquel lugar que pisamos y allí donde nos dirigíamos. 


Al otro lado del bosque, sorprendentemente, el aire era más ligero. Andar era más sencillo, incluso considerando la cantidad de maleza que había a nuestros pies. Según él, estaba seguro de que encontraríamos buen material para el trabajo. A regañadientes, lo seguí, pues incluso a mi me empezaba a picar la curiosidad de que habría más allá de los árboles grises. La noche empezó a caer, y la luna mostró su cara a través de las copas de los árboles. Pristina y brillante iluminaba el único sendero que parecía estar marcado en todo el bosque. A los lados, cada pocos minutos, veíamos unos pequeños postes de madera pintados de rojo, señalando la ruta. Cuanto más avanzamos, más estrecha se volvía, hasta que al final, se acabó difuminando entre el barro seco y las plantas muertas. Pero las marcas seguían extendiéndose, sin importar la dirección en la que andásemos, poco después del anterior, encontrábamos un nuevo poste señalando el camino, cada vez más contorsionados, devorados por la humedad y las raíces. Perdimos la noción del tiempo. Hacía horas que la luna había llegado al cielo pero no se había movido desde entonces. Estática, congelada entre las nubes, mirándonos. Y distraídos con ella, caímos.


El suelo estaba frío y húmedo. Estábamos cubiertos hasta las rodillas de fango, las palmas de las manos llenas de rasguños y las caras manchadas con tierra y lodo. Nos levantamos a duras penas, y seguimos andando. Las cámaras estaban o demasiado sucias, o directamente rotas, las baterías estaban completamente drenadas, y la cobertura era nula. Lo único que nos quedaba eran una pequeña brújula de latón y un mapa de papel que había guardado, por si acaso, en lo más profundo de mi mochila. Fue ahí cuando nos dimos cuenta. La zona en la que nos habíamos adentrado, el otro lado del bosque, no existía. No solo eso, no podía existir, más allá del bosque lo único que quedaba era un abrupto acantilado que partía la tierra y desembocaba al mar. No otro bosque. No aquel bosque.


Tratamos de volver, seguir el sur con la brújula para salir de aquel lugar maldito, pero no fuimos capaces. La luna seguía helada sobre nosotros y los postes seguían apareciendo. Cada uno más retorcido que el anterior, más rojo, más brillante. Dejó de preguntarme por la dirección que debíamos seguir, y empezó a buscarlos. Cada vez había más, y estaban más cerca.

La campana empezó a sonar. Distante. Escondida tras el ruido de las hojas. El no la oía. Ni a mi tampoco. Simplemente seguía las endiabladas columnas de madera carmesí. El camino le llamaba, no podía ignorarlo. No creo que pudiera.


Nos separamos. Me negué a continuar el camino que marcaban las efigies de sangre. El repicar del metal se hacía cada vez más presente, como un suave destello de sonido que marcaba el camino. Y ahí estaba, sentado sobre un tronco, junto al fuego, el hombre de un solo ojo. La campana reposaba sobre su mano izquierda, cubierta de vendas ennegrecidas, que acababan rodeando su hombro. Pese al frío, su torso estaba únicamente cubierto por una chaqueta larga de cuero, raída por el moho. Su pelo estaba mal recortado, y parte de él estaba recogido bajo un pañuelo rojo sobre la frente. La mitad de su cara compartía también las vendas con el brazo, casi completamente negras, cubriendo ahí donde hubiera estado su otro ojo. El hombre me miró, y continuó tocando la campana. Me señaló con su otro brazo para que me sentara frente a él. El hombre y yo, acompañados de una pequeña hoguera, abrazados por los árboles y vigilados por la luna. Finalmente dejó la campana reposar entre sus piernas, y abrió la boca. Junto a sus palabras, su aliento salado se evaporaba sobre el fuego.


—Pensaba que erais dos.— Carraspeó.


—Éramos.— Respondí. —Pero mi amigo se ha perdido.


—Es noche de caza. No deberíais haber venido. Tu al menos has tenido suerte. Saldrás de aquí al amanecer.


—La luna no se mueve, no parece que vaya a salir el sol nunca.—dije, mientras miraba al cielo. 


El hombre me miró, y agarró la campana.


—Eso no es la luna, chico.—comenzó a sacudir suavemente el instrumento, con mucha desgana, pero sin cambiar el ritmo. —Es noche de caza. Tu amigo no volverá a casa.—


—¿Por qué tocas la campana?— Si yo la había oído, quienquiera que estuviera cazando también podría hacerlo.


—Para avisar. Para avisaros, más bien. Esta caza no oye, solo mira. Cuando se acerque, no te muevas. Cuando tu amigo huya, no lo ayudes, no le hables siquiera. Te verán mover la boca. Él ya está muerto, ha seguido el camino. Ahora calla. Es noche de caza.


El hombre continuó moviendo la campana, y tras un rato, las oí. 

Pisadas. Muchas pisadas. Las más cercanas las de un hombre. Corría. Mi amigo atravesó los árboles hasta el pequeño claro donde nos sentábamos. Me gritó. Me sacudió. Pidió ayuda, socorro, clemencia. Nada. Él ya estaba muerto. El hombre dejó de mover la campana, y la dejó frente a la hoguera.

Pisadas. Muchas pisadas. Rodeando la hoguera, reunidas bajo la luz de la luna. Las manos se extendieron más allá de la oscuridad. El crujir de los huesos, el rasgar de los pocos tendones que quedaban, el hedor de los músculos casi descompuestos. Aprehendieron a mi amigo, que gritaba de horror, y apagaron el fuego. Dos. Seis. Veinte. Cien. Manos. Huesos. Alrededor de mi compañero, agarrándole de cada extremidad y cada pequeño pedazo de piel. Pellizcando su carne. Asiéndolo por la cabeza, finalmente, lo mostraron a la luna. Y la luna se giró. Sus rasgos, quebrándose conforme descendía sobre nosotros. Una cara desfigurada. El cráneo de ningún animal. Y los de muchos mirando desde las sombras. 


—Es noche de caza.— Pronunció el hombre de un ojo, sin mover los labios. 


Nos miraban, pero no reaccionaban. Mi amigo observaba la cabeza de hueso que lo inspeccionaba con detalle. Finalmente, habló, con una voz seca y grave, que aullaba en armonía con el viento. 


—Es noche de caza.


Y de la penumbra emergieron miles de cuerpos. Unos completamente dominados por el hueso. Otros con restos de carne y cartílago. Un enjambre moribundo rodeó a mi amigo, que no reaccionó. Y la cara de la luna observaba como lo devoraban. Paciente. Las figuras no producían ningún ruido más que el del masticar. Ningún grito, ningún sonido, nada. La sangre golpeaba el suelo, y la carne salpicaba los alrededores del fuego, mientras la separaban de los huesos con hambre. Pequeños mechones de pelo y jirones de ropa caían suavemente mecidos por el aire, acompañando a las pocas venas desprendidas de la carne que dejaban caer. Un espectáculo macabro adornado únicamente con la brisa y el frío. 


No quedó nada.


El viento dejó de incidir, y el fuego volvió a arder. El hombre de un solo ojo respiraba tranquilo, observando como la brasa se consumía lentamente. 


—Estás marcado. Quizá por eso hayas sobrevivido.—  Su voz salada cubría el claro, saliendo de lo profundo de su garganta y llegando a mis oídos. La luna ya no iluminaba el cielo, solo quedaba la luz que emitían las llamas sobre el claro. 


No pregunté. Fuera lo que fuera que quiso decirme, no lo descubrí. La curiosidad es fuerte si, pero no tanto. Hay cosas que uno no debería saber, y estoy seguro que lo que hubiera podido responder ante mis preguntas entra dentro de esa categoría.


—Descansa. Te irás al amanecer.


El hombre de un ojo se puso en pie, y recogió la pequeña campana del suelo. La limpió un poco con su chaqueta y me la ofreció. La cogí, sin pronunciar una sola palabra y la guardé en mi mochila. El hombre sonrió, y se marchó. No era una sonrisa de alegría. Más bien parecía sentir pena por mí, una mueca piadosa. Dejó tras de sí marcas cristalinas, tanto en el tronco donde se sentaba como allá donde tocaban sus pies. Y allí quedé, solo junto al fuego. Más allá de donde cualquier persona debería estar. Entre las líneas y fronteras escritas en los mapas. Perdido. Marcado.


Al otro lado del bosque. 

 


Comentarios

  1. soy tu fan, me gustaria escribir en un futuro cosas de este estilo, gracias por inspirarme a escribir adios

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