En cenizas segarás

 —En cenizas segarás—susurré al chico que yacía en el suelo. Y empecé a clavar el cuchillo en su abdomen. 

Él, amordazado, apenas podía quejarse. Las lágrimas le empapaban la gasa con la que le llenaba la boca. Habían pasado horas desde que sus cuerdas vocales se habían roto. No movía la cabeza, quizá por miedo a que le cortase algo más. Hubo un tiempo en el que sentía pena por ellos. Pero para continuar, tuve que deshacerme de eso. De todo. Corté los pocos lazos que tenía con el mundo de la misma forma que cortaba la piel de aquellas personas. Las primeras capas siempre eran las más sencillas. La piel sangra más cuanto más te acercas al corazón. A partir de cierto punto, puedes verles latir. Por dentro. El cuerpo vibra al ritmo del corazón. Sobre todo cuando están asustados. Y siempre lo están. A veces pensaba que yo no lo estaría. El miedo viene de lo desconocido. Y ellos sabían que iban a morir. Lo tenían pintado en la cara con la misma sangre que manchaba mis cuchillos. 

Era un proceso lento. Antes de empezar a segar, había que preparar la cosecha. Lo primero era cortar tendones, imposibilitar el movimiento. Intenté segar a alguien a quien simplemente até, una vez. Segué, si, pero fue una escena caótica y llena de gritos y sangre. Mentiría si dijera que no fue divertido. Pero no fue eficiente. Se enfrió. Nunca se debe servir una recolecta fría. Una vez no podían mover los brazos ni las piernas, les aseguraba la boca. Llegados a ese punto, ya habían gritado tanto que sus cuerdas vocales se habían quemado. La llenaba de gasa, y la ataba con un pañuelo. Debían mantenerla abierta. Entonces había que recitar. Un verso valía, pero yo siempre los decía todos. Quería que supieran que les estaba pasando. Quizá podrían acercarse a entender el bien mayor al que servíamos. 


El chico lloraba en silencio. Yo le miraba con compasión. No una compasión por aquel que siente dolor, o que teme, no. Compasión por aquel que no entiende. 


En cenizas segarás.

Que el fuego se apiade de tus huesos, como aquel que siega lo hará con tu carne.

Que las llamas consuman tu alma ahora mientras aún vives.

Que cuando la hoja corte tu piel, sientas fervor y no miedo.

Que las ascuas del horno eterno te lleven consigo.

Que la Forja te acepte en su infinita destrucción.

En la muerte que nos trae y la muerte que le damos.

En cenizas segarás.

Pero no hoy. 

Esta noche vives para alimentar el calor infinito.

El abrazo de la madre que no conoces. 

El cuchillo de la muerte que no buscas.

El dolor de la agonía que encuentras.

Y tu final.

En cenizas segarás.


No es una oración bonita. No sigue una estructura lírica, no rima, no suena bien. Pero no busca nada de eso, tampoco. Entender, aceptar y sangrar. Es lo que te pide la oración. Y aún así no dejaban de llorar. Aquellas lágrimas que tendrían que haber sido sustituídas por jolgorio, seguían ahí. Temían morir. Me temían a mi. La agonía junto al fuego. El miedo en las llamas.

Lo primero era el hígado. Desplegué un paño de tela blanca junto al cuerpo del chico. Extraje una hoja de acero, afilada y templada en la propia Forja. Una pequeña lasca del infinito. Un pequeño pedacito de muerte. Lo hundí en su pecho. Un pequeño agujero sobre la caja torácica, alrededor del esternón. Sus lágrimas tocaban el ambiente como pequeñas gotas de lluvia, ocultadas por el ruido de la piel al desgarrarse. Retiré la piel, y con un trozo de algodón, empecé a limpiar la sangre. El proceso era delicado. Si cortaba demasiado, se llenaría todo de sangre, y moriría demasiado rápido. Debía mantenerlo vivo el mayor tiempo posible. Así lo pedía el fuego. Corté a través del hueso y lo quité. Lo coloqué junto al paño blanco, sobre el suelo de cerámica. Le levanté la cabeza y le hice un pequeño corte en la columna. Debía estimularlo cada poco tiempo para asegurarme de que no se desmayaba. Rodeé las costillas con mi cuchillo, y empecé a laminar la piel. Solo necesitaba retirar los cuatro primeros pares. Y así lo hice. Cortes limpios con el cuchillo divino. La carne rezumaba vapor rojo cuando entraba en contacto con le hoja. Calor. Una vez las costillas estaban fuera, las apilé junto al esternón. Sus ojos se cerraban, y ya había cortado demasiado la columna. Las uñas. Una por una. Todas fuera. 


La carne viva, y los brazos muertos. 


Su hígado estaba en perfectas condiciones. Parecía demasiado joven para beber. Pero fumaba, lo podía ver en sus pulmones negros, fatigados, apenas capaces de procesar el aire. Pero respiraba. Y latía. Me miraba con indiferencia. No lo entendía, pero lo había aceptado. En esencia, él ya había muerto. Para mi, era poco más que un preludio. Los intestinos los retiré por piezas. Cada treinta y un centímetros. Cortes exactos. El sobrante lo dejaba en el cuerpo. Alineé los fragmentos junto a las costillas. El páncreas descansaba sobre un extremo del paño blanco. La vejiga fue el siguiente. Estaba vacía. Si no lo estaba al principio de la cosecha, siempre lo estaba al final. La corté y la dejé junto a las secciones de intestino. El estómago y el bazo fueron los siguientes. Llevé mucho cuidado con el esófago, seccionarlo sin delicadeza podría dejarlo muy frágil para su uso más adelante. Vacié la bilis y lo puse al otro extremo de la tela. Latía y respiraba. Aún tenía tiempo. Quería dejarle los ojos intactos hasta que muriera. Debía ver. Pero se le cerraban. Aún no podía acabar, necesitaba tiempo. Le retiré el pañuelo que le cubría la boca y empecé a sacar la gasa. Los dientes. Uno a uno. Todos fuera. 


La mente activa, y la boca seca. 


Metí el brazo por su garganta. Sus venas, suturadas por el calor de la hoja, impedían la pérdida de sangre. Y con paciencia, evité el daño a los nervios. Agarré los pulmones desde dentro. Los saqué por la boca. Con un movimiento rápido,  corté el poco esófago que quedaba. Se los mostré. Negros. Enfermos. Muertos. Un malgasto. Menos sustento para las llamas. Su corazón latía aún. Sus ojos me miraban, vacíos. Pero vivos. Empecé a marcar alrededor del cráneo. Y arranqué el hueso. 


Su cerebro se agitaba. Pulsaba con la poca sangre que llegaba. El corazón cada vez más débil. Pero en movimiento. Con cuidado, seleccioné unos pocos nervios que lo mantenían atado a la cabeza. Y lo estiré. Lo saqué de aquella cavidad húmeda, y se lo mostré. Su mente. Su consciencia. Frente a sus propios ojos. Palpitante. Viva. Su concepto del ser. Y la fragilidad de todo eso. Empuñé la lasca, y puncé. Fui retirando. Poco a poco. Viendo su consciencia desvanecerse. El horror de desaparecer, enmarcado en su cuerpo vacío. Sus ojos enrojecidos por el pánico. El cuchillo posado sobre el suelo. Levanté su cabeza con cuidado, y le hice mirar. Mis dientes alrededor de su corazón. Débil. Latente. El primer pinchazo. Los colmillos alrededor del músculo. Y el final. Un carnaval de sangre en mi paladar. No por el gusto del sabor, sino por el placer del acto. Una vez acabé con eso, comí lo que quedó por dentro del cadáver. Órganos, carne y cartílago. Hueso y sangre. Y hambre. Comí hasta la saciedad. Y corté. Dejé el cerebro en el centro del pañuelo blanco, y lo envolví todo. Meti el resto de elementos en un pequeño saco aparte. Me limpié la boca. Rojo. Muerte. Señal de un trabajo bien hecho. Un buitre humano. Un final teatral. Una lasca en el suelo.


Fui una necia al pensar que no tendría miedo. 


Caí de rodillas contra el suelo. Mis tobillos no respondían, y poco tardaron en seguirlos mis rodillas y cadera. Los tendones. Maldecí, y me giré con gran dificultad. Y ante mí se erigía mi propia sombra. Con mi lasca en la mano. Y mi sed en la boca. Cortó rápidamente mis muñecas, y mis hombros. Me dejó en el suelo. En el acto final de mi última obra y el comienzo de la suya. Condenada a verme morir. Estaba aterrada, si. Sabía lo que iba a pasar. Asumí que había fallado. Que no había sido lo suficientemente buena. Que no merecía contribuir a aquello tan grande, y que la Forja se desharía de mi. Me quedé sin tiempo para seguir pensando, interrumpida por mi voz, distorsionada y profunda, viniendo de mi propia sombra.


—En cenizas segarás.


Y dejé de pensar. Acepté y miré. Sangré y lloré. Grité y quemé. Sentí la lasca hundirse en mi piel, separando y ardiendo. Mi piel desprovista de carne. Mis órganos, separados del hueso y la sangre. El estómago, retirado con cautela, vaciado frente a mi, sobre el cadáver de aquel chico. Mi esófago lacerado con delicadeza. Fragilidad. Agonía. Podía ver la decisión en los ojos de mi sombra. Quería suplicar. Pero no debía. No podía. Los intestinos, cortados con precisión. Treinta y un centímetros. Así lo dictaba la Forja. La vejiga vacía. El miedo incidía en mi cordura, que disminuía con cada corte.


Cada nervio levantado con sumo cuidado e infinita paciencia. Cada vena separada con la maestría de un segador. Un recolector de vidas. Una sombra de la persona que fue una vez. Los cortes en la columna me mantuvieron despierta. Las uñas no sangraron tanto como esperaba, pero asumí que quizá el resto de cortes me hubieran acostumbrado al dolor. Un error claro. Grité sin aliento cuando me quitó los pulmones. Mis arterias al aire, y mi llanto en sus ojos. Vi mi piel salir de mi carne. Vi las costillas fuera de mi cuerpo. Vi mis intestinos junto a un paño. 


Y mi cerebro frente a mi. 


Mi cuerpo vacío frente a las llamas del fuego. El calor de la Forja desvanecido de mis huesos. Mis músculos muertos frente a mi propia sombra. Mis tendones cortados y mi mente agotada. Las ascuas de una hoguera que se estaba extinguiendo. Mi mente y mi sentido del yo. Y lo abandoné. Ya no era una segadora. Las cenizas del humo que llenaba mi percepción. Una presa más. Una versión de quien fui que había abandonado, cortada y separada con la misma lasca que halló mi muerte. Sangre seca. Una cosecha. 


Y entonces mordió. 


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