Fratricidio

Es una sensación extraña. Conocer a alguien que lleva contigo toda la vida. Olvidar quien era antes y aceptar quien es ahora. Mi hermano murió. Pero su corazón aún late y su sangre aún fluye. Sus músculos se encaraman a sus huesos y sus pisadas se oyen por mi casa. Habla con una nueva voz y reconoce un nuevo nombre. Conversa con las paredes y el techo y sonríe a las puertas cerradas. Cuando me mira siento como no me reconoce pero se dirige a mi como si supiera quien soy. Lo sabe. La cosa que antes era mi hermano y ya no lo es, me conoce. Sabe que me gusta y que no. Sabe como incomodarme. Sabe como era mi hermano y como tiene que comportarse para parecerlo. Pero yo conozco a mi hermano. Lo conocía, mientras vivía. Sus carcajadas agresivas son ahora una risa seca en la figura de piel que lleva su nombre. Y se que la influencia de la criatura está palpando mis recuerdos. Removiendo entre las entrañas de mi cerebro, sacando y metiendo memorias, torciendo el pasado y susurrando al presente. Temo que vaya a olvidar quién era mi hermano. Temo que quien se hace pasar por el haya cortado mi mente en pedazos y los haya pegado de vuelta a su voluntad. Temo olvidar que he olvidado. Y temo olvidar lo que debo temer.

Al principio noté los primeros cambios en sus ojos. Sus pupilas marrones ahora lucían un ámbar apagado. Notable pero sutil. Su mirada se perdía en el horizonte constantemente. Miraba más allá de las cosas. Cuando me hablaba sentía que se dirigía a algo que había detrás mía. A mi sombre. Sus palabras atravesaban mi pecho y caían en la oscuridad. Unía las letras de una forma antinatural, en mi idioma pero en otro. En un acento irreal imitaba mi lengua con sílabas de otro lugar. Las memorias de un pueblo muerto acompañaban su vista. Sus ojos estaban cargados de melancolía, como si se estuviera perdiendo a sí mismo. Aún creo que era él, mi hermano. Había entablado contacto con quien es ahora pero su influencia era sutil. Notable. Pero sutil. Pequeños cambios en su aspecto, tan lentos que pasaban desapercibidos. Lo suficientemente bruscos como para ver que con quien había compartido media vida, se convertía en un completo desconocido. Dejó de ser mi hermano y se convirtió en alguien. 


Alguien que me conocía.


Su forma de moverse cambió. Su carne palpitaba sobre los huesos y bajo la piel. Quizá su cuerpo era consciente del cambio que estaba sufriendo. Una nueva consciencia en la razón de mi hermano. No creo en lo paranormal. O no creía. No lo sé, aún. Pero algo entró en el espíritu de mi hermano. No se si él mismo le abrió la puerta a voluntad, o le engañó para que la abriera. Se movía distinto. Parecía desconfiar de los muros. Miraba a cada lado con cautela mientras andaba por los pasillos. Buscaba a algo más allá del hormigón. Parecía que reptaba a través del espacio. Muy rápido. Avanzaba de esquina a esquina como si estuviera huyendo de algo. Pero solo estábamos él y yo. Cuando nos encontrábamos cara a cara, me esquivaba con una gracia inhumana. A veces parecía que hacía su cuerpo más estrecho para pasar a través de mí. Juraría haber oído sus huesos moverse, romperse y volver a su sitio, con tal de no tocarme. No era miedo. Era asco. O quizá cautela. Su mirada estaba perdida. Su cuerpo, roto. Y su mente le seguía de cerca. 


Llegó un momento en el que supe que bajo su cara ya no estaba mi hermano. Desde que hizo contacto con aquella entidad, estaba inmerso en una pena constante. Su expresión calmada y agradable había sido sustituída por la amargura y el pesar. Sus ojos vacíos se caían cada vez más hacia el suelo. Sus pupilas se clavaban en la nada, una pesadilla constante de la que no podía escapar. Mi hermano se estaba consumiendo. Como las últimas ascuas de una vela que lleva encendida toda la noche. Y entonces un día amaneció. Y él ya no estaba. Sonreía de oreja a oreja. Una mueca tan pronunciada que parecía de mentira. Una risa de plástico y unos ojos ámbar brillantes. Abandonó el horizonte para mirarme a mi. En cada pasillo, en cada habitación. Cada vez que nos encontrábamos su vista se me echaba encima. Todo la presión de su percepción colgando de mis hombros. El aire se hacía más pesado allí donde estaba. El tiempo se dilataba. Y el miedo fluía. Y ahí nos encontrábamos él y yo. El asesino de mi hermano, llevando su piel y caminando sus pasos. 


 —Hola, hermano.


Chirrió el ambiente con sus palabras. Metal con cerámica. Roca con pizarra. Tonos terribles escondidos bajo su voz. Su voz. Robada. Me hablaba con el aire de sus pulmones y la vibración de sus cuerdas vocales. Sus palabras salían de la boca de mi hermano. Narraba historias de otro tiempo. Se las contaba a las paredes y al suelo. Conversaba con el hormigón y el cemento. Cuentos de otra tierra, ideas de un país muerto y de una cultura que floreció en las cenizas de una guerra. Canciones de agonía y sangre en los muros que nos encerraban. Apenas hablábamos.  Me saludaba cuando llegaba y se despedía cuando se marchaba. A veces tardaba días en volver. Su excusa era siempre la misma.


“Tengo que entregar un paquete”.


Sus condenados paquetes. Los acumulaba en los pasillos, y llegaban sin parar. Se llevaba uno y traía dos nuevos. Nunca abrí uno. No me atrevía. Emanaban un aura de peligro. Desconocía lo que escondían pero mi curiosidad no era tan grande. No lo suficiente como para desenvolver el papel marrón que los cubría.


Desconozco si al asimilar a mi hermano, tomó también sus recuerdos. Quizá él mismo se los dio. Su habitación, a la cual yo tenía prohibida la entrada, estaba completamente cubierta de papeles. Mi hermano era afable, simpático y un poco tímido. Y su habitación era su santuario. Lo compartíamos todo, menos el espacio. Más allá del marco de su puerta empezaba el terreno prohibido para mi. Quizá quien es ahora mi hermano lo sabía. Pero asumo que quiere que sepa que mi hermano ya no está ahí. Que aunque lleva su piel y sus huesos, él ya no es mi hermano. Las paredes estaban escritas en letras de un alfabeto que desconozco, formando frases en carbón y aceite. El suelo estaba pegajoso, y del techo colgaba una única bombilla, cuyo cristal estaba manchado de amarillo. Ámbar, como sus ojos. La única ventana estaba tapiada. Rota. Los cristales adornaban la mesa en patrones geométricos de aspecto aleatorio. Pero había armonía. En la sangre y el polvo había equilibrio. Las sombras que se formaban con la poca luz que había bailaban en un coro espectral, reflejadas en los pedazos de vidrio, alumbrando de la forma más suave los pergaminos sobre las paredes. Quizás su hubiera comprendido su idioma, hubiera podido entender algo. No eran palabras que se pudieran entender. No estaban hechas para las personas. 


Y un día se marchó. Mi hermano, o quien era mi hermano. Mi hermano, me dejó hace mucho tiempo. Quien lleva su piel, se ha ido también, pero su presencia sigue aquí. Con él se llevó sus paquetes, y también su habitación. La puerta ya no estaba. Un pasillo vacío con un final plano. No la tapó. No pintó por encima. No la cubrió con nada. No. Ahí donde antes había una puerta ahora solo había pared. Y cada vez que me cruzaba con ella, lo veía. A mi hermano. Y a él. Dos caras de una moneda rota. Reflejos de ámbar sobre las paredes de mi casa. El goteo del alquitrán sobre el papel. Los huesos torcidos. Sus pasos. Los de mi hermano. Los suyos. Cada vez más difíciles de diferenciar. La angustia de olvidar lo inolvidable. De recordar lo olvidado. Melancolía momentánea y memorias cada vez más permanentes. La influencia de quien es ahora mi hermano en mi mente. Borrado y cortado. Cada vez más lejano. Una mancha en mi infancia. Un espectro en mi vida. Una sombra oculta en mi cronología. 


Y un paquete.


El timbre resonó en la casa como un alarido ahogado. El tiempo dilatado y el aire pesando sobre el ambiente. Mi hermano. Quien ahora era mi hermano. Abrí la puerta y no había nadie. El olor a aceite y alquitrán se esfumaron rápidamente con el viento. Y en el suelo una caja envuelta en papel marrón. Mi nombre apuntado. Y su firma. No la de mi hermano. Ni la de quien ahora era mi hermano. Su nombre. En negro y rojo sobre el marrón.

El paquete se quedó durante semanas en el pasillo. Acechando. No me atrevía a abrirlo. Me recordaba a mi hermano. Un último vestigio de lo que quedaba en mi mente. El último bastión ante la pérdida y el duelo. El miedo a no poder llorar una muerte. El resquebrajar de la sangre en la firma. El terror de olvidar. El sonido del cartón rompiéndose. El pánico. Y el papel.


Estaba escrito el fin del mundo. El final de todas las eras y el destino de todos los hombres. 


No. Me equivoco. Estaba por escribir. Cada página latía con menos fuerza, la primera nacía y lloraba y la última echaba su último aliento. El cuaderno unido a mi alma y mi mente forjando nuevas ideas. Demasiadas. Conceptos y perspectivas sin procesar. Psique saturado. Cerré la tapa de cuero e inhalé aire. Podía sentir mi cuerpo arder con la presión de mi propia existencia. En aquellas hojas había algo. Y junto a ellas, una pluma y un pequeño frasco de cristal. Unté el instrumento en la tinta y sentí la calma en mis huesos. Empecé a escribir. Unos recuerdos que no eran míos, escritos en unas palabras prestadas. Un punto de vista distinto y una historia del pasado. Un escritor y una pluma. Una tinta y un final. Una canción de cisne inminente. Y al final del todo, una dirección. Un lugar perdido. 


Entendí que quien ahora era mi hermano me estaba llamando. Una invitación. El suave claqueteo de una campana de metal. No me da miedo. Estoy de camino a lo que quizás sea una cita con la muerte. O con algo peor. Temo que haya tocado algo a lo que no me debería haber acercado. Temo que este paquete sea una maldición y no un regalo. Temo que la puerta que había al final del pasillo vuelva. Temo el olor a alquitrán y sangre.  Lo que más me aterra, sobre todo, es mi hermano. Que él nunca hubiera estado. Que haya vivido una mentira. Que quien ahora era mi hermano lo hubiera sido siempre. Que mi hermano me esté esperando. Y que me envíe otro paquete.


Temo que alguien narre mi historia. 


Otro autor.

Otra pluma.

Y otra tinta.


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