Papel y alquitrán

 Los remos de la barca empezaban a hacerme callos en las manos. La madera estaba poco cuidada, roída por la humedad y la mugre que poblaba todo el pantano. Una vez nos adentramos en el lago, la densidad de la niebla tardó poco en esconder todo aquello que no era agua. El hombre frente a mí ojeaba un cuaderno de cuero. Las hojas parecían estar manchadas de alquitrán y arena. Sus ojos se movían frenéticamente a través de las páginas, leía a una velocidad casi sobrenatural. Cada poco tiempo, sacaba una pequeña pluma de madera de su abrigo y anotaba unas pocas líneas. Las escasas veces que vi el cuaderno yo mismo, el rápidamente lo apartaba. Estaba lleno de dibujos y párrafos escritos en una letra apenas legible. Me decía que era información para la que no estaba preparado, que aún no había llegado el momento. Mi mirada estaba clavada en el cuaderno, y la suya, en mí. 

—Llegaremos pronto—susurró.—Puedo olerlo. Olerle.

Mi nariz estaba taponada con el fuerte olor a sal que venía de su abrigo. El Octavo nunca me respondió a mis preguntas sobre este. Como con todo, realmente. Siempre me hablaba de esperar. Debía ser paciente. Casi todo lo que me decía sonaba increíblemente críptico. Creo que procuraba siempre darme el mínimo de información posible, como si hubiera algo de lo que no debía enterarme. Y si lo había, estaba en aquel cuaderno. Nunca lo soltaba, dormía pegado a él y se pasaba la mayor parte del día leyéndolo una y otra vez. No sé por qué le seguí, siquiera. Cuando apareció en mi vida, no me quedaba nada, y él parecía saberlo. No tenía donde estar más que a su lado. 


El Octavo era un hombre curioso. Pese a su apariencia imponente y descuidada, apenas parecía ser mucho más mayor que yo. Pero lo era. Se le notaba en la voz. Como sus palabras estaban cargadas de melancolía y experiencia. Cuando escribía, la mano le temblaba. Quizás por la edad, o quizás por el miedo. Nunca se lo pregunté. Tampoco sé de donde vino. Ni cual es su nombre real. Cuando me referí a él como Octavo, no me lo discutió. Creo que reconoció el nombre, de su pasado, quizás. Fue la única vez que lo vi sonreír. Lo más sorprendente de todo, era su irracional fobia al mar. Olía a sal y a espuma, pero temía los océanos. No se sobresaltaba, ni se negaba a acercarse a ellos, pero les tenía miedo. Sus cara se palidecía frente a las aguas de azul oscuro y arena negra. Cuando metimos la barca dentro del agua, apenas necesitó mi ayuda. Era fuerte. Muy fuerte. Pero también parecía frágil. Quizá fuera su mirada perdida, con uno de sus ojos escondido tras las vendas, o sus brazos llenos de magulladuras y sangre seca. El Octavo había vivido mucho. Caminaba encorvado, como si el tiempo le pesara en la espalda.   


—Toca la campana. Hemos de avisarle.


Abrí mi mochila y saqué una pequeña campana de latón. Apenas recuerdo el día que la recibí, pero sé que la última vez que la toqué, apareció él. Cuando la agité, el graznido metálico resonó en el aire. Se sobresaltó, como si le disgustara el sonido que producía. No era agradable, desde luego, pero transmitía una cierta sensación de paz. La removí por el aire durante un cuarto de hora, quizá más. El agua vibraba con el metal. Unas pequeñas circulares nacían del barco y se extendían a lo largo del lago. No sabía que buscábamos. O a quién. El Octavo me dijo que teníamos que visitar a un conocido, alguien que vivía en lo más profundo de aquel pantano. No sabía cual era nuestro objetivo final, nuestra meta. Yo lo acompañaba, ayudándolo a ir a sitios donde lo único que hacía era hablar con desconocidos y apuntar cosas en su libreta. Aquella fue la primera vez que le acompañaba a hablar con alguien, así que estaba emocionado, claro. 


—No hables con él—dijo. —Él va a intentar hablar contigo. No le respondas. Si te ofrece algo, niégate. Si puedes, ni siquiera le mires.


¿Quién es él?—pregunté. 


—Un mentiroso. El mayor de los mentirosos. El Engaño—. Olió el aire. Parecía ligeramente angustiado, pero su frondosa barba cubría casi todas sus expresiones. —Hemos llegado.


Y apareció tras la niebla, definida bajo una borrosa sombra marrón y gris. Una pequeña cabaña. Estaba construida sobre unos postes de madera, y tenía escalera mohosa junto a la entrada. La puerta era completamente negra, y no parecía haber forma de abrirla desde fuera. Junto a ella, colgaba una campana metálica de aspecto oxidado, de forma muy similar a la mía. Amarramos el barco a uno de los postes, y subimos las escaleras. El Octavo estaba delante mía, expectante. Hice amago de tocar la campana de la puerta, pero me frenó en seco. Sus manos estaban cubiertas de vendas, con la intención de ocultar todas sus cicatrices. Parecían más de las que cualquier hombre pudiera tener. Me agarró el mano, y me lanzó una mirada. Paciencia. Lo sabía. No era la primera vez. Al cabo de un rato, se oyó un chasquido tras la puerta, y El Octavo empujó hacia dentro. Y yo entré tras él.


El espacio de dentro no correspondía al de fuera. Aquello que era una cabaña minúscula en apariencia, era, una vez entrabas, una especia de bazar lúgubre y vacío. Un único mostrador, y detrás de él, hileras e hileras de objetos mundanos. Decenas y decenas de estanterías repletas de ropa, instrumentos, herramientas y jarrones. Cualquier cosa que pudieras buscar, parecía encontrarse allí. En el mostrador reposaba un paquete etiquetado “Guantes”, y junto a este, un timbre. El Octavo se acercó al pequeño aparato de metal y me miró. Y yo sabía que me quería decir. Cuando apareciese él, debía callarme. Ignorarlo. Llamó.


—Llegas tarde, cíclope. Y veo que no vienes solo.


El hombre saltó por encima mía, como si no pesara nada, y planeó con una gracilidad casi macabra hasta el mostrador. Vestía un fino abrigo gris, y llevaba una barba cuidada. Sus brazos parecían demasiado largos. Casi parecía que llegaran al suelo. 


—No me llames así, Elías. He venido a por aquello que dejé aquí hace tiempo, y a por aquello que aún busco.


Elías, el hombre tras el mostrador, se rió.


—Si buscas a mi hermano, está arriba, escribiendo. Y respecto a lo otro, siento decirte que le encontré un hogar apropiado, ya no tengo tu lente—. Elías sonrió mucho. Las comisuras de su boca parecían alzarse casi hasta los ojos. 


—¡¿Que has hecho qué?!—gritó El Octavo. 


Aquella fue la primera vez que le oí gritar. Su voz era mucho más profunda de lo que me había hecho parecer anteriormente. Casi parecía que hubiera caído un rayo, de la fuerza con la que retumbó en la sala. 


—Jamás debí haber confiado en tí, Elías. Has condenado a alguien—. La expresión del Octavo estaba llena de rabia. Casi parecía que fuera a lanzarse a por él, pero finalmente se contuvo. Inspiró, y abrió el cuaderno. Apuntó unas pocas líneas, y me miró nervioso. —Recuerda lo que te he dicho. Ahora vuelvo.


El Octavo miró a Elías, el cual apuntó hacia una puerta a un lado del mostrador. La abrió, y empezó a subir las escaleras que se encontraban tras ella. Tardé poco en dejar de oír los golpes de sus pies contra los escalones, pero tuve la sensación de que no había dejado de subir. Simplemente se extendían mucho más de lo que pudiera haber imaginado en un principio. Estaba tan distraído con la estructura del lugar, que no oí a Elías acercarse. Quizás no se acercó. Simplemente ya estaba ahí, frente a mí. 


—Así que eres la nueva pluma. Pobre chico, si supieras lo que te espera—. El hombre rió. De nuevo. Su risa se marcaba en la cara como si estuviera esculpida en mármol. Su piel se estiraba más allá de lo posible. —¿Qué pasa, chico? ¿No respondes?


El Octavo me dijo que no debía hablar. No me solía explicar las cosas, pero sabía que siempre que hablaba, lo hacía por algo importante. Debía ignorar a Elías. Y eso hice. O bueno, eso intenté.


—¿Cómo has llegado esta vez al Hombre de un ojo, chico?


El Hombre de un ojo. Había oído ese nombre antes. Lo conocía. Me sobresalté, y él se aprovechó de eso. Cuando le volví a mirar, estaba rebuscando entre mis cosas. Mi mochila. Me la quitó sin que me diera cuenta. Sonreía pícaramente, y entonces la cogió. La campana. Jugueteó con ella suavemente, procuraba no hacerla sonar. Tarde en reconocer lo que estaba pasando. Me la había robado. Sabía que no podía perderla. 


—¡Devuélvemela!—grité. El primer error. Mi primer error. 


Elías rió. Más que ninguna de las otras veces. El eco de sus alaridos rebotaba en las paredes, amplificándose cada vez más. Me dolían los oídos. El sonido aumentaba gradualmente. No podía oír nada más que sus carcajadas esculpidas en mármol. Y entonces paró. Me miró fijamente. La primera vez que le ví poner una expresión seria. Y corrió hacia mi. Sus brazos alargados arrastrándose por el suelo, mientras que sus piernas avanzaban rápidamente, contorsionándose como si fuera una araña. Me asusté, claro. Y cerré los ojos.


El segundo error. 


Cuando los abría ya no estaba delante del mostrador. Alrededor mía se erigían cientos de estanterías. Un almacén infinito. Hileras sin final llenas de objetos etiquetados con extraños símbolos que desconocía. Pasillos iluminados por una tenue luz amarillenta. Y pasos. Pasos rápidos y poco uniformes. No detrás. Pero cerca. Miré a través de los botes y las cajas, hacia un pasillo cercano al mío. Elías. Pero era distinto. Arrastraba sus brazos completamente y sonreía más que nunca. Sus ojos brillaban en un ámbar sucio. Miraba de lado a lado. Me buscaba. Una cacería. Intenté alejarme despacio, pero me tropecé con un paquete que había en el suelo. La suerte encarnada. Me oyó chocar contra las frías baldosas de piedra, pero desapareció. Pensé que se había marchado, o que no me habría oído.


El tercer error.


Lo oí respirar. Sobre mis hombros. Podía ver la luz amarilla de sus ojos reflejada en el suelo. No miré atrás, simplemente eché a correr. Corrí pero sabía que él me alcanzaría. Era mucho más rápido que yo, solo estaba jugando. Jugando con la comida. No había ni rastro del Octavo. Tenía que huir. Busqué alguna forma de escapar, o de al menos distraer a aquello que creía que era Elías. No podía pensar. No me quedaba tiempo. La criatura me pisaba los talones. Vi entonces, como producto de un milagro, una taquilla de metal. Lo tenía detrás. Sabía que intentar protegerme ahí dentro sería inútil, pero era mi mejor baza. Salté adentro de la caja metálica y cerré la puerta. Y entonces dejé de oír pasos. Pero estaba ahí. Podía sentirlo. Veía sus manos rozando el suelo desde las rendijas que había abiertas en el acero. Las luces amarillas llenaban el poco espacio que tenía. Me estaba mirando. Y no me podía mover. No me quería mover. Era imposible que hubiera funcionado. Pero no me quedaba otra. 


Esperé.


Creo que pasaron horas. La luz no se movía y las manos aún estaban allí. El cansancio y el hambre estaban empezando a hacer efecto. La campana. No podía seguir huyendo, tenía que recuperarla. Decidido, abrí la puerta. Frente a la taquilla, una lámpara de luz amarilla. Junto a ella, dos brazos de maniquí. Elías estaba sentado en una silla junto a la taquilla, leyendo unos papeles.


—Has tardado. He decidido que te voy a devolver tu campana, chico. Aquí tienes—dijo, mientras me ofrecía el instrumento de latón. No sonreía. 


Algo iba mal. 


Intenté cogerla, pero la apartó. Demasiado fácil. Miró a un lado, y divisó una pequeña trampilla de madera junto a una pared. Rió. Mucho. Cada vez más. Su risa enmascaró los pasos que oía de fondo. Vi al Octavo correr hacia nosotros. Elías estaba abriendo la trampilla, con la campana en la mano. Bajo la madera, un pozo. Casi parecía emanar la oscuridad de él. Y un fuerte olor a salado. Y entonces la tiró. 


—¡No!—gritó El Octavo.


Me lancé a por la campana. Elías seguía riendo junto al pozo. Me precipité hacia el suelo, lo suficientemente lejos como para tener medio cuerpo sobre el pozo. Por suerte, agarré la campana antes de que desapareciera bajo esa oscuridad infinita. Me reincorporé y se la lancé al Octavo. Su expresión no cambió. Seguía aterrado. En su momento no lo entendí. Elías miró, aún riéndose, pero más levemente. 

—Tenías razón, Cíclope—dijo Elías, entre risas. —No debiste de haber confiado en mí. 


Dejó de reír. Y me empujó. 


Recuerdo los gritos del Octavo. Como maldecía sin parar, y el ruido de sus puños chocar contra lo que asumí que era Elías. Oí el papel volar. El cuaderno de cuero. Lo agarré en cuanto estuvo a mi alcance. Vi la madera cerrarse sobre mí, mientras la entrada del túnel se fundía cada vez más sobre el infinito. 


Recuerdo despertar y oler a salado. En mis brazos, aquello que El Octavo me había ocultado tanto tiempo. El ruido de las olas acompañó el ruido del papel y el polvo. Las paginas manchadas de alquitrán y humedad. El legado del Hombre de un ojo. 


“Si lees esto, acabas de caer por un pozo.”


Y con esa afirmación, caí de nuevo. Me desmayé en aquella playa. Aquel lugar de arena negra y aguas azul oscuro. 



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