Tierra de nadie

 Recuerdo la lluvia caer sobre el barro. El fango lo empapaba todo. La comida, la ropa, las heridas. Cubiertas por la suciedad que venía del suelo y del cielo. Recuerdo el contraste de la sangre sobre los marrones y los grises. Mirar a las nubes y ver manchas negras ulular sobre nosotros, advirtiendo de un fin próximo. Recuerdo extraer trozos de plomo incrustados en la carne de mis amigos, a menudo sin vida. El metal seguía latiendo. Recuerdo las fosas. Pozos de muerte. Hoyos en el suelo cavados a la sombra de nuestro sudor, cubiertos con lonas y llenos de cuerpos. Cuerpos de mis hermanos, aquellos con los que compartía las penas y la gloria. Si es que hubo alguna. Puedo ver aún las camillas bajo las habitaciones de tela verde. Filas de decenas de hombres muertos y por morir. Hombres caídos en una batalla que no era suya. Nuestra. “El campo de lirios”, lo llamaban. Pero allí ya no crecían plantas. 

La oscuridad lo cubría todo, las sombras y la sangre se mezclaba en un paisaje neblinoso, mostrando solo la desolación, el producto y el fin de una guerra. Pronto, pensábamos. Cada día que pasaba era un poco menos doloroso. Los estragos que causa acostumbrarse a la muerte no es algo de lo que te puedas recuperar. Pero no existía alternativa. Tardamos poco en entender que la mayoría moriríamos allí. Entre el lodo y las cenizas. Las entrañas de mis hermanos tiradas por los suelos, como gusanos reptando desde los confines de la tierra. Tantos mordieron el polvo que apenas puedo recordarlo. El hedor de la descomposición se confundía con la pólvora que flotaba en el aire. Hollín explosivo, reminiscencia de lo que pasaba en aquel campo. 


Los gritos y la desesperación solo los enmascaraba el sonido de los truenos. La muerte desde arriba, destellos de muerte que iluminaban nuestras caras ante la angustia. Caían cada vez más, incluso cuando no llovía. Aquel pequeño valle lúgubre se había convertido en un infierno efervescente. No luchábamos por una causa justa. No existen causas justas para una guerra. Solo la destrucción. El hierro contra la carne. Ese es el único motor para una masacre entre dos bandos que no se odian. Pero que deben. Porque cuando lo pierdes todo en la batalla, lo único que te queda es la ira. 


Los heridos se amontonaban a las puertas del quirófano improvisado. Los lamentos se unían en una suave canción de muerte. Una última canción. La luz de los farolillos de gas parpadeaba con las pequeñas corrientes de viento que dejaba entrar la lona. Los instrumentos médicos se llenaban de sangre y apenas quedaba alcohol. Y aún quedaba mucho plomo. Los bisturíes se tintaban de rojo y cada vez quedaban menos limpios. Si intentaba operar con uno sucio, y en aquellas condiciones, la muerte era casi segura. La decisión era mía. Quien moría y quien vivía. Algunos cantaban porque sabían lo que pasaba. Otros, porque era lo único que les quedaba. 


No pude. No pude elegir quien merecía seguir respirando. Incluso aunque lo hubiera hecho, la falta de medicinas y comida los hubiera matado pocos días después. Agonía y pestilencia. Muerte y guerra. Hambre, mucha hambre. Las provisiones nos duraron apenas la mitad de lo previsto. No podíamos aguantar en el frente y no podíamos retirarnos. Si no moríamos allí, nos matarían en nuestras casas, en los hogares por los cuales dábamos nuestra vida. O matábamos o nos mataban. Cara o cruz. Y la moneda cayó de canto.


Metí un par de latas de comida en la mochila, unas pocas vendas, y unas cizallas para cortar el alambre de espino. Salí aquella misma noche de nuestro campamento, cubierto por la lluvia, los truenos y los llantos. Si a nosotros no nos quedaba nada, quizás a ellos sí. El enemigo. Una fuerza abstracta a la que teníamos que derrotar. Soldados sin cara que disparaban plomo desde su fortaleza invisible. Nunca vimos a ninguno. Igual que ellos nunca nos vieron a nosotros. Las brumas y la tormenta bloqueaban toda la visión, y a partir de cierto punto, la luz. Caminaba entre el barro a tientas, por un mundo dominado por la penumbra. Por suerte, al menos podía ver el espino atado a los suelos, bloqueando el paso a quienquiera que cruzase aquel lugar. 


Tierra de nadie. Aquel campo no había cambiado nada desde que empezó la guerra. Entre la suciedad se podía distinguir el orden. Andaba a duras penas, las piernas cada vez se clavaban más en el suelo, hundidas en la tumba de ningún hombre. La niebla se fundía sobre el entorno, dejando ver poco más que unos rayos de luz viniendo desde el cielo. Pasaban las horas y el escenario no cambiaba. Una oscuridad casi absoluta y un camino inexpugnable a través del acero y el barro. El olor a barro y sangre, sustituído por el óxido y la humedad, permeando mi paladar y provocando una angustia persistente. El sonido fulminante de la electricidad golpeando el hierro había sido sustituido por un silencio confuso. Como si el ruido quisiera aparecer, manifestarse con cada pisada o con cada jadeo, pero algo se lo impidiera. 


Se escuchó, desde el vacío y las sombras. Un grito de guerra. Cientos y miles de voces inspiradas por el odio y la rabia. Alaridos de aquellos para lo que todo estaba perdido. Venían hacia mi. Cada vez más cerca. Pero nunca lo suficiente. Los oía pasar a mi lado pero no veía más que remolinos en las brumas. Espectros de muerte. Bestias de sangre en un ecosistema vacío. Seguí avanzando, viendo como los guerreros de niebla desaparecían tras de mi. Los cuernos fueron los siguientes. Un grave rugido procedente del horizonte. Criaturas inmensas, de proporciones descomunales. Solo las piernas asomaban bajo las nubes. Y viniendo de ellas, imponentes bramidos, llamadas a las armas, heraldos de la aniquilación. Estos no se fueron. Marchaban al unísono, bajo el semblante de un bramido infinito y perdido en el aire. Atravesé el humo más espeso y la luz volvió a mis ojos. Un destello rojo. El deslumbrante carmesí de un cielo que desconocía. Las balas no venían de ninguna parte, pero seguían cruzando el campo de batalla. Una guerra fantasma.


Llegué al campamento. A sus trincheras. A su frente, sus defensas y su hogar en la guerra. Y no había nada. Ni nadie. Estaba vacío. Tiendas y tiendas de lonas teñidas de hollín, puestos de mando y despachos que se extendían a lo largo de excavaciones. Extrañamente familiar. Los truenos sonaban de nuevo, acompañados ahora por los aullidos de los colosos tras el velo de sombras. Dentro de aquellos caminos no respiraba ni un alma. No había armas, bala o pólvora. Nada que dijera muerte más que el propio ambiente. Seco y obtuso, una invitación negativa. Una extraña familiaridad recorría mi mente. Pasillos interminables iluminados por un sol sangriento. Y todos llevando al mismo lugar. Un pequeño quirófano improvisado. Junto a la entrada, figuras rojas, translúcidas y distorsionadas, murmurando suavemente en un idioma que no comprendía.


Rodeaban la camilla del centro de la sala una docena de figuras más. Borrosas, permutables, inconsistentes. Como vapor incandescente intentando recrear una figura humanoide. Me miraban, o creo que me miraban, sin emitir ningún sonido. Me acerqué y empezaron a entonar. Las palabras se manifestaban en el polvo y el aire. Símbolos de un idioma que no existe flotando alrededor de ellos y de mí. Lenguas de carmín y palabras de carbón. Una sola lámpara iluminaba la camilla. Sobre ella, un bisturí. Untado en aquella canción. Limpio pero ungido. Alcancé a cogerlo, pero ellos fueron más rápidos. Con delicadeza pero con decisión, me agarraron de los brazos y me tiraron al suelo. De rodillas, con las manos extendidas hacia delante. No pararon de cantar, las palabras rondaban el aire. Una de las entidades alzó el bisturí, y asiéndolo con cuidado, cortaron mis palmas. Ardían, pero no sangraban. El fuego invisible que habían abierto en mi piel se adentraba con cautela. Quemaba cada nervio con una precisión puntillosa. Yo gritaba. Gritaba hasta que de mis pulmones no salía más que un vapor rojo y visceral. Quedé en silencio mientras las ascuas terminaban de romperme por dentro. No me podía mover. Me soltaron, pero el dolor poblaba todos mis músculos. El sabor a hierro dominaba mi boca por mucho que escupiera. Intenté andar, moverme, tirarme al suelo, incluso. Nada. 


Mis chamuscados huesos estallaron. Las esquirlas de carbón blanco atravesaron mi piel, desde dentro hacia fuera. Cientos, miles de pinchazos. Espinas de sangre, desgarrando la carne. Pero sin dolor. Podía sentir como se me abría el cuerpo pero no me molestaba. Se continuó deformando, patrones macabros para entretener a los espectros. Y entonces paró. Habían robado mi mente, pero a cambio, mi cuerpo era más mío de lo que había sido nunca. Me ofrecieron el bisturí, y yo lo así con la mano. El frío del metal parecía querer fundirse contra mis palmas, pero nunca dejé pasar suficiente calor. Sin mirar atrás, atravesé la lona y salí del quirófano. Visité por última vez aquel campamento. Los pasillos vacíos, cavados en la tierra, túneles y salas muertas. 


Como un hijo de Atila, ardiendo la tierra tras mi paso, acompañado de la hierba en llamas y los titanes de guerra. Ya no parecían gritar. Su complicada canción se transmutó en una marcha. Como un ejército, marcando el ritmo de la batalla, juntando sus graves trompeteos con el temblar de sus pisadas. Ondeando estandartes carmesíes, manchados de la ceniza y la tormenta. La lluvia se había marchado pero aún se oía el estallido de los relámpagos contra el suelo. Las banderas caían desde las nubes, dejando ver solo aquellas patas colosales que troceaban el barro. Sus pisadas abrían la tierra, dejando a su paso más espectros de sangre. Subían, flotaban hasta el cielo, sujetados a las entrañas del mundo por finos hilos rojos. Iguales que los que me dieron el bisturí que llevaba aún en mi mano. 


Crucé la última fila de alambre de espino y volví al campamento. Aquel campamento. Las pisadas continuaban y los truenos seguían, pero nadie parecía percatarse. Las miradas de aquellos que reconocía como mis compañeros estaban perdidas en el horizonte, allí de donde venía yo. Ignoré a los soldados y volví a mi quirófano. Como si no hubiera pasado el tiempo, me esperaba la misma escena que había abandonado. El mismo herido reposaba sobre la misma camilla. Y la misma herida manchaba su ropa con la misma sangre que goteaba sobre el suelo. Abrí el corte con el bisturí. Más y más. Una grieta más profunda hacia el fondo de sus entrañas. Vapor carmesí. Un espectro de sangre irguiéndose desde la figura que yacía postrada ante mi. 


—Come.


Alcé la cabeza cuando el fantasma sin boca me habló.


—Come—repitió. —Sáciate.


Corté con el bisturí un pequeño pedazo de carne de aquel hombre inconsciente. Nadie se dió cuenta, todos estaban muy ocupados entonando aquella nana de mal augurio. Y comí. El hierro desapareció de mi lengua, para ser sustituído por la más cálida de las sensaciones. Una vez probé, mis manos se movieron más rápido que la poca cordura que me quedaba. Más y más cortes, la cuchilla del bisturí dividía la comida que apenas tardaba segundos en tragar. Cada vez quedaba menos. Cuando llegué al hueso, el instrumento metálico servía para nada. Mis manos hicieron el trabajo. Pensé que tendría que quebrar, pero el calor dejó un tajo limpio en el hueso. Mis manos ardían pero no para mí. Yo solo sentía el fuego frío, magma solido que seguía fluyendo por mis venas. Helado pero ardiendo. Lo devoré. Cada hueso y cada músculo. Y apenas ocuparon espacio en mi estómago. Necesitaba más. Cogí a un hombre que tarareaba medio dormido y lo corté con las manos. Le abrí la cabeza y lo exprimí sobre mi boca. Más espectros se acercaban a ver aquella matanza silenciosa. Aquellos hombres ya estaban muertos. Cantaban pero sus corazones habían dejado de latir. 


Los abrí, uno por uno, rompiendo sus huesos y quebrando sus voluntades. La canción cada vez se notaba más distante. Ahora cantaban los espectros. En otro idioma que no reconocía. Mi cuerpo ardiendo en llamas gélidas. El sonido del hierro chocando sustituyendo cada exhalación. El rojo goteando desde mi garganta. El hambre. La sed. Comí y bebí. Cada hombre, cada uno de aquellos soldados curtidos por una batalla imposible, convertidos en poco más que carnaza. Pero aquello que venía era mucho más grande. Los gigantes anunciaban el comienzo de un conflicto. Desde los cielos avisaban. Se preparaban. Venían. Agonía y pestilencia. Muerte y guerra. Hambre, mucha hambre.


Comí hasta que no quedó nadie. Devoré. La voz de aquellos hombres había cesado, cortada con mis propias manos. Una carnicería sin resentimiento. Ya estaban muertos. 

Charcos de sangre y entrañas pintaban el suelo de aquel quirófano. Y poco después, de todo el campamento. Una búsqueda sin fin de aquello que pudiera saciar mi estómago de acero. Guerra. Dolor y angustia. Peste. Chillidos ahogados por el metal. Pueblos calcinados y vidas caídas en el olvido, cubiertas por el hormigón. Pasillos vacíos y muertos. Salas de tierra y silencio. Una tormenta cubriendo un sol carmesí. El mismo escenario, por segunda vez. La canción de aquellos fantasmas incidía en el ambiente, quebrantando la voluntad que los soldados dejaron en aquel campo de batalla. Palabras de horrores y polvo flotando sobre en el ambiente. El pisar de los titanes y el tronar de los rayos. La muerte de un cirujano.


Y el nacer de un carnicero. 




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