Crecen huesos en el bosque.
Crecen huesos en el bosque.
Las venas se arraigaban sobre la tierra y palpitaban bajos mis pisadas. Se escuchaba el quejido óseo contra el músculo que se extendía. Chillidos de madera y muerte.
Y crecen huesos en el bosque.
Aún puedo oír los lamentos que venían de la tierra, las pequeñas vibraciones que sacudían levemente el suelo, y el hambre inmunda que venía desde las piedras. Como una nube de llantos de cigarra, te inundaba los sentidos.
El bosque respiraba y se
sacudía. Se sacudía y respiraba. Al principio estaba detrás. Muy lejos. Apenas se asomaba por el horizonte.
Mis padres me hablaban de los claros que se ocultaban tras los árboles. La luz
del sol atravesando las copas y los troncos. Verdes frondosos y amarillos
brillantes.
El cantar de los pájaros. Las huellas de los ciervos. El viento sobre las hojas.
El olor de la carne.
El bosque dejó de estar en el horizonte. No se fue. No. Por mucho que lo desease, el bosque no se marchó. Estaba más cerca. Más y más y cada vez más cerca. Recuerdo volver de la escuela cada día y empezar a olerlo. La naturaleza. El movimiento. La descomposición.
Mis padres me hablaban
de colores vivos y fuertes, cuando la sombra que proyectaban los árboles estaba
marrón y muerta. Pero el bosque vivía. Inhalaba y exhalaba. Veía al bosque hincharse
lentamente, consumiendo lo poco que había alrededor. Matojos, plantas, rocas. Al
final todo era consumido por el bosque. Se extendía poco a poco. Pero cada vez
más rápido.
Mis padres no parecían darse cuenta. Mis amigos tampoco. Nadie.
¿Cómo no podían verlo? ¿No veían cómo respiraba? ¿Cómo corrompía todo lo que tocaba? ¿Cómo se erigía sobre el pueblo?
Cómo crecían los huesos.
El bosque dejó de ser un lugar en el horizonte. El bosque era el horizonte. Allí donde mirases te miraba de vuelta. La desolación. No traía nada. Y se lo llevó todo.
La gente empezó a desaparecer. Les parecía natural. Era la llamada del bosque. ¿Qué ibas a hacer si no? Los árboles lloraban, y tú respondías. Era superior a cualquiera de nosotros. Lo engullía todo. Y llegado un punto, a mí también.
Recuerdo mirarlo a través de las ventanas de mi habitación. Odio. Una rabia profunda y quebrada. Como se acercaba paso a paso. Como cogía mi aire. Como me robaba el aliento. Cada vez más y mas cerca. Cada vez menos y menos gente. Se oían gritos, a veces. Llantos apagados que venían desde lo más profundo del bosque. Los lamentos del bosque, decían. Buscaban cualquier excusa para justificar la llegada de este nuevo ser. Cuanto más avanzaba, más gente se arrodillaba frente a sus fronteras, esperando a ser consumida por el bosque. Y se los llevaba. Uno a uno. Desaparecían tras las lágrimas de los demás.
Veneración. Milagro. Éxtasis.
Pero al mirar a los ojos del bosque, yo solo veía ruina. Perdición. Huesos.
¿Por qué decidió no echar raíces en mi mente? ¿Por qué no quiso llevarme junto a los demás? ¿Disfrutaba el bosque de verme sufrir, mientras veía a todos a quienes amaba desaparecer tras sus hojas? ¿Por qué me mantuvo cuerdo? ¿Y por qué me tomó el último?
Las ramas chocaron contra los cristales de mi habitación. Incluso en la oscuridad de la noche, oculta toda luz por la sombra de los árboles, sabía lo que estaba pasando. Ya no quedaba nadie más. Era mi turno. La madera blanca había entrado en mi habitación, atravesando el vidrio con un sonido estridente. No fue sorpresa que, al abrir la puerta de mi casa, ya estaba dentro del bosque. ¿Qué le quedaba ya por tomar?
Anduve. Durante horas. Días quizá. La luz del bosque no era natural. Los troncos se extendían hasta el cielo, como pilares interminables, culminando en unas gigantescas copas que lo tapaban todo. Pero allí no cantaban ya los pájaros, si es que lo habían hecho alguna vez. Solo el bosque se movía. Vibraba. Se agitaba sobre si mismo. Permutando, cambiando, deshaciéndose para en unos instantes volverse a enhebrar.
Crecían huesos en el bosque.
Filas, campos incluso, cientos y cientos de huesos plantados en el suelo, formando figuras geométricas de proporciones inhumanas. Es irónico, incluso, pues aunque los huesos estaban profundamente deformados, sabía que eran humanos. Los lamentos del bosque resonaban por aquellos trofeos de muerte. Espirales, patrones, muerte. Pequeñas venas que se extendían por el suelo, uniendo los confines de la tierra a aquellos monumentos de óseos. Y el hambre.
Sentía el bosque temblar. Sus propios huesos rechinaban entre sí. Intentaba despertar.
Sus músculos de carne podrida y piel seca se escondían detrás de las raíces de los árboles de marfil. Se deslizaban. Carne sobre carne. Cada vez menos oculto, como si estuviera perdiendo la vergüenza. Los árboles eran más altos, y los patrones más complicados. Y los lamentos más fuertes.
Ecos de perdición y llantos de muerte. El vibrar de las piedras como un rugido hambriento, y los ojos del bosque sobre mí.
Había asumido mi muerte mucho antes de aquel momento. Mi caminata por aquel plano de la realidad, podrido hasta su esencia, había sido poco más que una extensión de mis últimos momentos. Me vi ante la mirada del bosque y por última vez, le miré de vuelta yo también.
Removió mi estómago con sus propias manos. Me atravesó con sus manos calientes y rotas y probó mis huesos.
Rechazo.
Me dejó en el suelo y se retiró. La presencia. El bosque. El latido. Los pulmones. Se fue. Tan pronto como volví a abrir los ojos encontré el suelo bajo mis pies. Suelo vivo, suelo real. Tierra húmeda y hierba ocre. El caer del sol y de mis penas.
¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿No podía tomarme a mi también? ¿No era digno? ¿Y mi carne? ¿Y mi piel?
Veneración. Milagro. Perdición. Huesos. ¿Huesos?
¿Y mis huesos?
Palpo mis brazos y los encuentro vacíos. Palpo mis piernas y ceden ante el dolor. Palpo mi cabeza y se derrumba mi mente.
Ya no estaba el bosque.
Y yo tampoco.
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